Opinión
Las aguas revueltas de la gran patronal
Por Vicente Clavero
-Actualizado a
JUAN JIMÉNEZ AGUILAR, el veterano secretario general de CEOE (24 años en el cargo, ahí es nada), ha tenido que hacer una finta para esquivar la bala con la que pretendían volarle la cabeza. Al presidente de los empresarios, GERARDO DÍAZ FERRÁN, no le ha quedado más remedio que posponer el nombramiento como segundo de a bordo de un hombre de su plena confianza. El elegido, según todos los indicios, era JOSÉ MARÍA LACASA, director del departamento de Relaciones Exteriores, que deberá esperar una mejor ocasión para ascender en el escalafón de la patronal.
Jiménez Aguilar, auténtico albacea de la herencia de JOSÉ MARÍA CUEVAS, que abandonó la CEOE el año pasado, no ha tenido una convivencia fácil en los últimos meses con Díaz Ferrán, que pretende darle su propio sello a la organización. Cuevas, cuya experiencia en el mundo de los negocios había sido efímera (estuvo una temporada al frente de Sarrió, donde llegó procedente del gabinete técnico del sindicato vertical del papel y artes gráficas), concebía CEOE como una institución representativa del conjunto de los empresarios. Sin embargo, su sucesor es partidario de convertirla en un grupo de presión que intervenga allí donde se le requiera, por muy parciales que sean los intereses a defender.
Para Jiménez Aguilar, una refundación de CEOE con esa deriva supondría echar por tierra el legado de Cuevas y el suyo propio, y de ahí las reticencias que viene oponiendo a las reformas propuestas por Díaz Ferrán, cuya visión de la jugada es necesariamente distinta, dada su condición de emprendedor (comparte con GONZALO PASCUAL la propiedad del grupo Marsans), muy alejada del perfil funcionarial de quienes han acaudillado la patronal en el último cuarto de siglo. Precisamente porque sus ocupaciones le impiden dedicarle a CEOE el tiempo que le dispensó Cuevas, Díaz Ferrán quería (y seguramente quiere) a alguien que esté en sintonía con él para que lleve el día a día y le cubra las espaldas.
Jiménez Aguilar, aunque consciente de que no es la persona indicada, se ha agarrado a su sillón, a despecho incluso de la jugosa oferta económica que el presidente le hizo para que se fuera (sueldo íntegro durante dos años, hasta que cumpla los 70). Conoce demasiado bien la casa (muchos altos cargos le deben el puesto) y movió los hilos con la habilidad necesaria para obligar a Díaz Ferrán a envainársela.
En la elección de Gerardo Díaz Ferrán como máximo responsable de CEOE hubo un indudable trasfondo político. Él es uno de los mejores amigos de ESPERANZA AGUIRRE, que desde que accedió a la presidencia de la Comunidad de Madrid ha hecho cuanto estaba en sus manos para infiltrarse en el tejido empresarial, cosa que su máximo rival, RUIZ GALLARDÓN, ha descuidado. Además de CEOE, hoy controla Ifema y tiene una considerable influencia tanto en CEIM como en la Cámara de Comercio.
El nombramiento de Díaz Ferrán fue facilitado en su día por el propio Jiménez Aguilar, a quien no acababa de convencerle la alternativa: el sevillano SANTIAGO HERRERO, presidente de la CEA. Temía Jiménez Aguilar, nacido en Jaén y malagueño de adopción, que la presencia de dos andaluces al frente de CEOE no iba a ser bien vista por algunas organizaciones territoriales y que, por tanto, su continuidad estaría en peligro. Las fluidas relaciones de Herrero con MANUEL CHAVES también despertaban suspicacias.
Díaz Ferrán, aparte de sus obligaciones como copropietario del grupo Marsans, tiene otras derivadas de la aventura americana que emprendió con su socio. Gonzálo Pascual y él, con ayuda de la SEPI, adquirieron Aerolíneas Argentinas, que terminó en suspensión de pagos. El juzgado número 35 de Madrid tiene abierto un procedimiento contra ambos por presunto desvío de fondos público, fraude fiscal y estaba procesal por manipular el concurso de acreedores.