Opinión
La amante ilustrada
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla
Escribir sobre la historia de las mujeres en la ciencia suele ser un padecimiento, pero hay excepciones. Una es la muy ilustre, alegre y, sobre todo, sabia señora marquesa Émile de Breteuil, Madame de Châtelet, insigne traductora de los Principia de Newton y divulgadora del cálculo infinitesimal e integral inventados por el genial y neurótico inglés así como por el portentoso alemán Leibniz. Pero la señora no sólo hizo legible la intrincada cumbre del pensamiento científico de la época, sino que llevó a cabo sus propios desarrollos matemáticos y originales experimentos y teorías en física.
El introductor de embajadores de Luis XIV, el creso barón de Breteuil, se casó con 49 años después de haber disfrutado al máximo de los privilegios de su alcurnia. Tuvo una hija en 1706 y encontró en ella un nuevo goce. Tanta gracia le hacía la mocosa y tan lista le parecía, que el barón disfrutaba luciéndola ante los principales intelectuales que frecuentaban los mejores salones parisinos. Émile tuvo los mejores preceptores de Francia y a los doce años manejaba con habilidad el cálculo y la geometría; hablaba inglés, alemán y español, y traducía del tirón a Aristóteles y Cicerón.
En cuanto fue presentada en sociedad, a los 16 años, la hija del barón se hizo famosa en Versalles no sólo por su agudeza y cultura, sino porque le encantaban las joyas, los vestidos y los afeites de manera que su gran belleza hacía que todos la festejaran. La damita tuvo la suerte, o la vista, de casarse con el marqués de Châtelet, quien no puso cortapisa alguna a su afán científico sino que admitió con orgullo la gran capacidad intelectual de su mujer. Fue un matrimonio de conveniencia y nadie vio mal que cada uno fuera totalmente tolerante con los asuntos amorosos del otro.
Mientras disfrutaba de varios amantes, Émile no cesó de absorber las enseñanzas de, entre otros, el gran físico y matemático Maupertuis. Entonces apareció en su vida Voltaire, caído en desgracia y acogido por su marido en un castillo de su propiedad. Sin dudarlo y con consentimiento marital, Émile se trasladó allí y se hizo su amante. Voltaire era el hombre que ella necesitaba, el que la alentó a elevarse hasta las cimas que le permitían sus alas.
Los salones de aquel castillo atrajeron a lo más granado de la ciencia europea. La relación entre Voltaire y Châtelet, con altibajos e infidelidades, duró toda la vida. Ella quedó embarazada del poeta Saint-Lambert. Tenía 42 años y el alumbramiento la sorprendió escribiendo sobre la óptica de Newton. Murió a los ocho días de fiebre puerperal. Además de su obra científica, Émile de Châtelet dejó en herencia la certeza de que las mujeres podían conquistar el conocimiento por más que los absurdos e injustos prejuicios se lo negaran durante los siglos pasados y algunos venideros.