Opinión
El amigo secreto
Por Varios Autores
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HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Tras toda una vida libertina y 50 libros, en el último de ellos, Henry Miller dijo que su mejor amigo había sido una bicicleta. En El libro de mis amigos, exagerado como todos, Miller es tan tierno como cruel: cuenta los defectos y virtudes de sus amistades de la infancia, unos perfectos desconocidos que nos recuerdan que el mejor amigo casi siempre es un don nadie. “No hay amor; hay pruebas de amor”, decía Jean Cocteau. Los amigos, sobre todo los de infancia, no exigen pruebas de amistad y con ellos se es más feliz por las cosas que se ignoran que por las que se saben. El amor, en cambio, para parecer verdadero, exige que le den de comer con abundantes “te quiero”. Son extrañas estas declaraciones entre amigos, y, cuando aparecen, suelen ser exabruptos bendecidos por alcohol. Si William Blake creía que un amigo debía ser un sincero opositor, Montaigne fue amigo de Etienne de la Boétie “porque él era él; y yo era yo”. Una tautología que a la vez era su
máxima lealtad.
Hoy el amigo de toda la vida sobrevive pero con mayor escasez. En Elogio de la amistad, el escritor Tahar Ben Jelloun dice que toda amistad es una religión sin Dios, sin Diablo y sin juicio final. Su lema, cree él, debería ser “acogedora y no invasora”, e intenta clasificar a esa multitud de amigos que, aunque eventuales, no son menos importantes. El deshilvanado, es un amigo que aparece de vez en cuando y con el que no siempre podemos contar, pero con quien a veces compartimos placer y calidez. El de paso, aquel con quien simpatizamos en el momento de un viaje o de un encuentro casual, de quien anotamos una dirección que luego olvidamos, y que pensamos en él sin necesidad de verlo de nuevo. El de las penas, ese que descubrimos y apreciamos por compartir con él un acontecimiento doloroso y que sólo lo volvemos a ver gracias a la persona que nos reunió. El desaparecido, ese que se esfuma durante un año, no responde las llamadas pero del que estamos seguros que volveremos a ver un día con la misma prisa, igual de dinámico y fraterno. Tahar Ben Jelloun cree que en toda amistad es posible el silencio y que, si es verdadera, “puede permitirse el lujo de aceptar esos paréntesis que no significan olvido ni rechazo”. A esta clase de amigos, advierte, no hay que molestarlos ni hacerles reproches.
Decía Proust que ciertos recuerdos son como los amigos: saben a reconciliaciones. En tiempos en que uno no puede vivir sin contestar el teléfono móvil, o revisar de instante en instante su e-mail, ser amigos a través de la nerviosa intermitencia del Messenger y el Facebook se opone a esa intimidad de Miller con su bicicleta: un objeto amigable que cultiva la lenta gratuidad del paseo más que la urgente utilidad del trabajo. Algo que no se puede enseñar a conducir, que se sabe de memoria y cuyas caídas siempre –siempre– se olvidan.