Opinión
Añoranza de UCD
Por Joan Garí
-Actualizado a
Parece que está de moda elucubrar en torno a la Constitución. Motivos no faltan, claro. Ocurre que se muere algún egregio padre del invento, o celebramos su onomástica –como el domingo pasado-, o se publican oportunas encuestas, o nos preguntamos a qué dedican su tiempo libre los miembros del Tribunal que lleva su apellido. No pasa día, además, sin que algún político con los ojos inyectados en sangre y espuma en la boca nos recuerde que fuera del sagrado texto constitucional no puede haber vida ni salvación, ni siquiera un respiro. Recuerdo –qué tiempos- mi bachillerato en los Salesianos, cuando en clase de historia nos explicaban los artículos sagrados (entonces sólo eran humanos, claro). A mí se me quedó grabado uno, el 20 (la cabra tira al monte): “Se reconocen y protegen los derechos: A expresar y difundir libremente los pensamientos…”
No me parece, como ley, una mala ley. Perfectible, por supuesto: imperfecta entonces, como toda obra humana. La cuestión, sin embargo, es conjeturar como obraría la derecha actual en el caso de tener que consensuar un corpus legal como ese del mismo modo que lo hizo la UCD. Sí, la UCD que legalizó el PC y el divorcio, que aceptó las nacionalidades distintas a la castellano-española y que encumbró el estado laico. ¿Se imaginan por un momento al PP actual (antigua AP) en el mismo papel? Si una Constitución como la de 1978 tuviera que ser acordada ahora entre las fuerzas políticas existentes (y no digamos si se añade el pintoresco folclorismo de UPyD) sería sencillamente imposible. ¡Ah UCD! Se querían de centro y, sin tener que gritarlo, así lo demostraron.