Opinión
De la Antártida a Barcelona en un cubito de hielo
Por Ciencias
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MICROBIOGRAFÍAS // JORGE BARRERO
La historia de Pseudoalteromonas antarctica es la historia de un viaje desde los glaciares de la Isla del Rey Jorge, no muy lejos del Polo Sur, hasta las orillas del Mar Mediterráneo. Si se cumplen las peores predicciones de Al Gore, este viaje podrá realizarse en iceberg en unos pocos miles de años –no sería la primera vez que una masa de hielo cruza el estrecho de Gibraltar–, pero por suerte para nosotros, de momento, la bacteria no tuvo más remedio que llegar a Barcelona en un congelador, dentro de las bodegas del buque oceanográfico Hespérides, hace aproximadamente dos decenios. En el suelo helado y árido del continente blanco, P. Antartica continúa desempeñando con humildad su papel como parte de uno de los ecosistemas más frágiles y con menor biodiversidad del planeta. Pero desde hace ya algún tiempo, en su nuevo hogar barcelonés, cumple otras funciones más glamurosas, gracias a un talento que ha resultado muy valioso: su habilidad para producir una proteína anticongelante e hidratante que, por motivos obvios, le resulta muy útil en su hábitat natural.
Cuando los investigadores del CSIC y de la Universidad de Barcelona abrieron en 1997 la bolsa con los fragmentos de hielo que habían recogido sus compañeros 10 años antes, en busca de nuevas formas de vida, no podían sospechar que su más preciada criatura, una nueva especie bacteriana, fuera a acabar posando en una revista de belleza. Pero, como dice el anuncio de champú, “si es bueno para tu bebé, es bueno para ti”; y por este motivo, la proteína secretada por P. Antarctica, que ahora se llama Antarcticine, forma parte de multitud de preparados cosméticos, donde ejerce exactamente las mismas funciones protectoras para las que fue perfeccionada mediante la selección natural.
La idea de explotar recursos naturales antárticos puede parecer repulsiva y criminal, pero todo depende de lo que entendamos por “explotar”. Si hablamos de un recurso microbiológico, la explotación sostenible no sólo es posible, sino inevitable. Como habrá imaginado el lector, P. Antarctica sólo emigró una vez. Nunca ha hecho falta volver allí a recoger más muestras, puesto que la proteína se obtiene ahora cultivando bacterias en los laboratorios de una compañía catalana que, desde Barcelona, la vende al resto del mundo. Hay muchas razones para conservar la biodiversidad de la Antártida y de cualquier otro ecosistema, si no le convencen las más poéticas o apocalípticas, piense en todo lo que nos puede ofrecer la naturaleza la próxima vez que se aplique una crema hidratante.