Opinión
Aunque puede que exagere
Por Manolo Saco
Mientras nos entretenemos colectivamente en dilucidar si son galgos fascistas o podencos etarras, los almendros ya están en flor, en la costa se están bañando ya a 20 grados de temperatura, las estaciones de esquí no pueden ni fabricar nieve artificial debido al calor, las aves migratorias han hecho dejación de su instinto básico y han formado nido permanente entre nosotros, los osos de los zoos ya no hibernan, y la gripe aviar está a las puertas de nuestro imperio, como los bárbaros antaño, esperando tan sólo la mutación asesina del virus, como una orden de ataque que acabará definitivamente con todos, patriotas, meapilas, rojos, fachas, progres, curas y putas.
No soy adivino, todavía no he hecho el cursillo de agorero en la rue del Percebe, sólo recojo los vaticinios de la prensa y de la observación de nuestros campos, avisos que son amenazas de los científicos y de la naturaleza, por nuestra mala gestión del planeta. Yo sé que el almendro, los osos, la nieve, las aves migratorias no lo hacen con la intención de fastidiarnos, por el placer de ser desagradables con los humanos y amargarnos la vida como podría pensarse, en cambio, por ejemplo, de Mariano Rajoy.
En las antiguas religiones, y en los modernos ritos de algunos cultos tribales, era práctica común el sacrificio de animales, sobre todo aves, para tratar de interpretar el futuro con la lectura de sus vísceras. Los científicos también lo hacen, a su manera. Mientras en las religiones no había que preocuparse por el resultado de estas prácticas, pues los vaticinios eran tan falsos como sus falsos dioses, en la ciencia cada vez que analizan las tripas de alguien me echo a temblar. Sin ir más lejos, mirad a Fidel Castro: le leyeron una peritonitis con tan solo abrirlo en canal, le anunciaron graves augurios y está a punto de palmarla.
Ahora una alianza de médicos norteamericanos, japoneses y canadienses ha publicado en la revista científica Nature, que es como el moderno oráculo de Delfos de la ciencia, unas conclusiones aterradoras que si estuviésemos bien de la cabeza nos harían olvidar inmediatamente losch otrosch vaticiniosch de losch aprendicesch de profetasch apocalípticosch. Porque éstas van en serio. Han abierto la tripa a las aves infectadas con la gripe aviar y han predicho el desastre que se nos avecina. Y lo será en forma de pandemia, a falta de la previsible y definitiva mutación del virus que la provoca, de manera que pueda contagiarse de un ser humano a otro, una pandemia que podría tener efectos tan devastadores como la famosa “gripe española” que en el año 1918 provocó la muerte a cerca de 50 millones de personas. Dicen que es cuestión de tiempo y que no habrá barrera sanitaria que se le resista, aunque, como ya está programado de antemano por el dios de los ricos, podría diezmar poblaciones enteras del tercer mundo, por razones obvias.
Diréis que hoy estoy pesimista, pero es posible que sea una falsa apreciación por vuestra parte. Para mí los estragos anunciados del cambio climático y la amenaza de la pandemia aviar constituyen casi un alivio, un mal menor, comparado todo ello con la posibilidad de que, por ejemplo, un tipo como Mariano Rajoy, español y mayor de edad, pudiera alcanzar la presidencia del gobierno algún día gracias a métodos como la utilización impúdica del terrorismo como arma política. Porque si así fuese, no haría falta el concurso del virus de la gripe para rematarnos, para confirmar que vivimos en una sociedad enferma y desahuciada.
Aunque puede que exagere.