Opinión
‘Aurea mediocritas’
Por Ciencias
EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI*
*Escritor y matemático
Se suele utilizar el adjetivo “mediocre” como eufemismo de “malo”; pero no es ese su sentido literal, ni el que le da Horacio al hablar de esa aurea mediocritas que equipara a la felicidad (y que remite a la conocida sentencia latina In medio stat virtus). Y recientemente la ciencia, como hace a menudo, le ha devuelto al término su auténtico significado, al enunciar el llamado “principio de mediocridad”. Nuestro Sol es una estrella “mediocre”, ni muy grande ni muy pequeña, similar a otras muchas (y “muchas”, en términos astronómicos, significa miles de millones en cada galaxia). Y lo mismo le ocurre a nuestro planeta. Por lo tanto, es muy probable (estadísticamente seguro según algunos) que la vida haya surgido muchas veces en el universo. Y si ha surgido muchas veces, también es probable que en algunos casos haya evolucionado hasta convertirse en vida inteligente.
Decía Freud que la humanidad ha sufrido tres grandes heridas narcisistas. La primera fue la revolución copernicana: descubrir que no somos el centro del universo fue un golpe difícil de encajar. Y más difícil todavía fue admitir que somos primos hermanos de los simios (tan difícil que muchos aún no lo han admitido a pesar de las abrumadoras evidencias): la teoría de la evolución fue la segunda gran herida narcisista. Y la tercera y más dolorosa, según Freud, nos la infligió él mismo con el psicoanálisis: descubrir que, en gran medida, nuestra conducta está regida por mecanismos inconscientes nos situaba aún más cerca de nuestros primos supuestamente irracionales.
La revolución físico-matemática del siglo XX podría ser la cuarta herida: la relatividad, la mecánica cuántica y los teoremas de Gödel, entre otras cosas, nos enfrentan a un mundo literalmente inimaginable, en el que incluso nuestra forma de razonar se vuelve escurridiza: no solo no dominamos el territorio, sino ni siquiera el mapa.
Tal vez la próxima gran herida narcisista sea una consecuencia directa del “principio de mediocridad”. Si algún día descubrimos que no sólo no somos el centro físico del universo sino tampoco su centro mental, si de algún remoto planeta (o del seno de nuestras propias máquinas) surge un logos más poderoso que el nuestro, si tenemos que contemplar nuestra mediocridad en el espejo de una inteligencia superior, puede que nuestra desdichada cultura, basada en la competencia y en el afán de ser más que los demás (en lugar de ser más con los demás), se estremezca hasta los cimientos. Lo cual no sería necesariamente malo.