Opinión
El tiempo entre basuras
Por Moncho Alpuente
Madrid, rompeolas de todas las Españas, sobrevive bajo un tsunami de basuras que anegan aceras y calzadas. La desgracia se ceba sobre los habitantes y visitantes de esta ciudad sin ley, sin orden, ni concierto. Una alcaldesa no electa, y particularmente inepta, da manotazos sobre las aguas pútridas para que salpiquen a los que según su indocta opinión son los responsables de esta nueva marea que viene a sumarse a todas las que azotan las costas imposibles de la ciudad capital de las desdichas y de las inmundicias. Huyen despavoridos viajeros y turistas mientras los ciudadanos de a pie tratan de hacer pie para no hundirse en el marasmo general. La Botella está vacía de ideas, es hora de devolver el casco para que la reciclen en uno de esos contenedores rebosantes que a sus ojos solo son barricadas levantadas por piqueteros vandálicos y sindicalistas perversos, agentes del caos, bárbaros que se atrevieron a poner su dignidad y sus derechos por encima del bienestar general, insolidarios y fementidos traidores y malandrines que guardaron sus escobas cuando estaban a punto de quitárselas de las manos para mandarles al paro e imponerles abusivas jornadas laborales con salarios de miseria.
Los dueños del negocio que se alimentan de nuestros desperdicios pasan en sus coches blindados, con los cristales tintados para no ver el pandemónium que han provocado, con los zapatos impolutos que nunca pisarán el barro, con la conciencia adormecida y los bolsillos llenos. La privatización de los servicios de recogida de basuras viene de antiguo y se presentó en su día como panacea universal, los barrenderos dejaron de ser funcionarios , hasta ahí podíamos llegar, para recuperar su antigua condición de esclavos de contratas, subcontratas, e infracontratas, gusaneras pobladas de intermediarios que medran con nuestras sobras. En muchas capitales del mundo, en Italia y en los Estados Unidos son las mafias las que se ocupan de este negocio tan sucio como lucrativo, en España también, solo que nuestros mafiosos no atienden cuando les llaman así, ellos son la élite, la crème de la crème de todos los pasteles, celosos hasta de las migajas que caen de sus mesas.
Si nuestras basuras son suyas, tenemos que devolvérselas, esparcirlas artísticamente como vándalos civilizados por sus parterres y sus salones, sobre sus piscinas y sus campos de golf. Con una alcaldesa y un presidente que siempre vieron las urnas de reojo, los madrileños hemos pasado de ser unos presuntos privilegiados a unos malditos apestados. Algo huele a podrido en Madrid pero no son las basuras, son ustedes los que huelen, políticos tan ineptos como corruptos, empresarios venales y pútridos. A los mafiosos de verdad al menos se les reconoce cierta eficacia a la hora de solucionar los problemas, son contundentes, implacables y despiadados y se manchan a menudo las manos de sangre o de basura. Ustedes permanecen limpios de polvo y paja, de barro y de detritus. Amurallados en sus selectas ciudadelas, ni siquiera les llega el hedor que provocan sus desmanes.
Al primer individuo que pretenda hablarme de las ventajas del centralismo y de los privilegios de los madrileños, juro que le meto la cabeza en un contenedor de basura en cuanto me abran un hueco.