Opinión
La Biblia gratis
Por Rafael Reig
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Cuando se escribieron los libros que componen la Biblia, a lo largo de siglos, no se habían inventado las SGAE, ni tampoco pueden existir herederos que reclamen derechos. Como todos somos hijos de Abraham, todos tendríamos derecho a percibir algo, de modo que imposible. Pero siempre se ha considerado de cortesía citar el origen de unas palabras que tienen autor conocido, Sin embargo prolifera la costumbre de repetir palabras de Jesucristo, recogidas en los Evangelios (por cierto, los cuatro tienen autor conocido) y apostillarlas con la coletilla “como dice el refrán”. Un refrán no es una cita firmada por alguien, aunque sea conocido. Es un atropello más a la cultura y una falta de respeto. Otra más.
LINA DEVAL ROS SANT CUGAT DEL VALLÈS (BARCELONA)
Me asombra lo que dice. ¿No sabe usted que los derechos de propiedad intelectual caducan? Nadie podría reclamar ya nada a cuenta de la Biblia. Es posible vivir de un trozo de tierra que un antepasado compró o robó, pero si tu antepasado escribe el Quijote, no verás un duro. ¿Escribir, inventar ecuaciones, componer sinfonías? ¡Vamos, anda! Lo único sensato es comprar plazas de garaje o invertir en la industria farmacéutica. Ése es el mensaje y ese mensaje es el verdadero atropello contra la cultura. No soy yo partidario del derecho a la herencia, pero, puesto que lo hay, no parece razonable que lo que se reconoce para un paquete de acciones o a un piso en las afueras se le niegue a una novela. Por mí, los bienes inmuebles y todo lo demás también debería pasar a dominio público. Como decían los clásicos: sólo se posee lo que no se puede perder en un naufragio. Los hijos nos heredan en vida: lo (poco) que les hayamos enseñado es su única heredad.
El derecho de autor, como usted sabe, tiene dos componentes: uno moral y otro patrimonial. Moral: tengo derecho a que un texto mío no se publique en una Antología de narradores pedófilos. Patrimonial: si se publica un texto mío, me tienen que pagar algo. Pasado un tiempo, la propiedad intelectual pasa a la fosa común, como decía un agente literario: es de dominio público, cualquiera puede desvalijar el cadáver. En teoría esto evita, pongamos, que los herederos de un poeta puedan impedir la reedición de sus sonetos eróticos.
Hasta ahí, bien. A partir de determinado momento, se debe garantizar el libre acceso. Sin embargo, ¿por qué se extingue también el derecho a que los herederos sigan cobrando? Está bien que pierdan el derecho moral y que no puedan decidir sólo lo publica la editorial de su cuñado. De acuerdo, pero ¿por qué no van a ver ellos ni un duro cuando todos los demás (editores, distribuidores, libreros) siguen ganando pasta a costa del trabajo de su ilustre, pero ingenuo antepasado?