Opinión
Para el bote
Por Rafael Reig
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Francesca murió en el 92. En una carta dirigida a sus padres explicaba: “Me habéis dado no solo lo necesario sino también lo superfluo; pero no habéis sabido darme lo indispensable, por eso me quito la vida”. Me impactó fuertemente esa lectura y he procurado que la en educación de mis hijas no faltara lo que verdaderamente llena el alma humana. He vuelto a hacerme esta reflexión en el comienzo del verano, cuando muchas personas esperan cubrir sus aspiraciones de felicidad yendo a lugares lejanos. Es probable en un 80% de los casos que a su regreso encuentren un vacío, o que no regresen con ilusión a la vida ordinaria, ya que frecuentemente ponemos nuestras expectativas en ilusiones pasajeras que en modo alguno llenan el espíritu. No es la moda, pero Kierkegaard, primer filósofo existencialista, explica que lo indispensable es el Absoluto.
DIVINA LAHUERTA MACAYA TARRAGONA
A mí también me provoca malestar leer esas palabras, casi repulsión. Hasta en los tebeos de mi infancia, el tipo que se suicidaba se comportaba al menos con una mínima decencia y solía dejar una nota que ponía: “Sr. Juez, no se culpe a nadie de mi muerte”, etc. Matarse señalando con el dedo, echando la culpa a alguien, acusando a otro, es sin duda la conducta más vil y mezquina que cabe imaginar y confío en que a esa tal Francesca se la haya inventado usted sólo para ilustrar su argumentación: me entristecería mucho saber que de verdad hay gente así.
Siempre he creído que lo más miserable que se puede ser en la vida es acreedor perenne y vocacional, ya sabe, ese tipo de personas a las que siempre se les debe algo, los que están enfurruñados todo el día porque a ellos les toca un trozo más pequeño de la tarta, los que nunca reciben ese trato que creen merecer, los litigantes perpetuos que se llaman sin cesar a agravio. Odiosas se me hacen las personas que están convencidas de que todos los demás estamos en deuda con ellas. A menudo digo que de la vida me gustaría salir como lo hago de los bares: de buen humor, sin contar las vueltas y dejando que se queden con el cambio. Me gustaría oír, a mis espaldas, cuando me vaya, que el jefe grita agradecido: ¡Bote!
¿Cómo puede alguien preocuparse de lo absoluto y portarse como un desgraciado con sus propios padres? Apenas puedo concebir tanta crueldad, tanta soberbia despiadada, tanto egoísmo por encima de cualquier consideración humana. En mi opinión, lo único que hace falta es menos Kierkegaard y más amor a los otros; menos ensimismamiento ególatra y más generosidad. Espero que esa tía no exista, ya lo he dicho, pero estoy seguro de que, de haber existido, ella nunca se dio cuenta de que también existían los demás y eran tan reales como ella. Qué pena.