Opinión
Cachetes, azotes, collejas y coscorrones
Por Manolo Saco
Todos los amigos de mi generación mantuvimos en algún momento de nuestras vidas el debate de si el “cachete o el azote” a los hijos era o no contraproducente para su estabilidad emocional futura. Y el debate continúa (supongo que así será hasta el infinito) en la sociedad actual. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha descubierto mediante una encuesta que casi el 60% de los españoles aprueba el “cachete” o el “azote a tiempo” como método, digamos, complementario de la educación de los hijos.
Es un terreno resbaladizo, pues ni los educadores profesionales ni los psicólogos se ponen de acuerdo, porque la educación, como la economía, no es una ciencia exacta. Ni siquiera coinciden con las pruebas, pues no encuentran un mayor número de adultos traumatizados tras la educación del cachete, ni se ha demostrado que la quinta del mírame y no me toques, con sus “niños tiranos” incluidos, esté formada por adultos más felices.
Yo nunca lo tuve muy claro porque, además, desde que ensayas cualquiera de los métodos hasta que puedes analizar cómo ha salido el experimento, o sea el hijo adulto, pasan demasiados años. En esos casos me acordaba de los científicos, que utilizan en laboratorio animales de un ciclo vital mucho más corto que los humanos, como la famosa mosca del vinagre, para estudiar su comportamiento después de haberles inoculado una sustancia. Como yo no sabía qué hacer con la mosca del vinagre, y mucho menos de sus costumbres, pensaba que el material de estudio más parecido, por su ciclo corto de vida, eran los perros y los gatos. A los tres meses de vida ya les puedes enseñar dónde deben hacer sus necesidades, y ya están en condiciones de comenzar a aprender lo que es bueno y malo, el sí y el no. Y al año ya han cumplido su mayoría de edad, por lo que puedes comprobar, sin riesgo a equivocarte, si el método educativo utilizado ha sido el correcto.
Los educadores de perros, hasta donde yo sé, nunca emplean la violencia con sus animales. En lugar del cachete, utilizan el susto, el ruido fuerte y repentino con un periódico. No es que les asusten leyéndoles la portada de La Razón, por ejemplo, no (jamás emplean la crueldad): enrollan el periódico como un canuto y golpean el suelo con gran estruendo al tiempo que les gritan con voz firme un ¡NO! Entre noes desagradables y síes cariñosos, el animal va aprendiendo las normas de convivencia de la casa donde le ha tocado vivir. Uno de estos expertos me contaba un día que si les pegasen a sus perros desde pequeños, acabarían siendo unos adultos agresivos. Hasta los perros, entre “suto” y “muete”, prefieren suto.
Sin embargo, cuando veo los disciplinados perros guía de los ciegos o los especializados en salvamento y localización de gente bajo los escombros, tengo la impresión de que fuese más fácil educar a un perro que a un ser humano. Y no digamos ya nada de los gatos, a los que adoro: hacen literalmente lo que les sale de los mismísimos, desde recién nacidos hasta el final de sus días, por mucho que hayas perdido inútilmente las horas con las famosas órdenes de aquí y dame la patita. Pero sigo sin saber si el método perruno se puede extrapolar a los niños, porque de entre mis 26 sobrinos, hoy ya mayorcitos, soy incapaz de distinguir quienes recibieron un sopapo a tiempo en su infancia y cuáles eran los intocables “porque no quiero que mi niño se traumatice”.
Haciendo memoria, de todos los coscorrones, azotes, cachetes y collejas que recibí en mi infancia, creo que casi todos sobraban. Alguno, en cambio, reconozco que sirvió para corregir a tiempo el rumbo de mi vida.