Opinión
Camisetas a jirones

Por Javier Salas
Ya voy asimilando cuál será mi vida en los próximos días. Los pedos son siempre los mismos; las risas, parecidas; las resacas, exactamente iguales. Lo único que cambia en mi menú diario es la guarnición: las tradiciones locales. Y yo soy muy tradicional.
Aquí, en Vitoria, la primera borrachera de las fiestas se ha de vivir, primero, con la ropa fina de alcohol. Luego, empapada en el agua que los vecinos lanzan desde los balcones –¡“No-seas-rata, el-agua-está barata”, se grita desde la calle–.
Después de vivir las fases uno y dos, regresé a mi habitación a mandar la crónica del Celedón. Y aproveché para ducharme y cambiarme. Craso error: nada más llegar al bar, un mastuerzo al que apenas le quedaba algo de sangre en el alcohol agarró mi camiseta por el cuello y tiró con fuerza hasta que la rompió en dos. No hay problema: un nudo para volver a atar los extremos rotos y a seguir de fiesta. Pero el salvaje seguía siendo una amenaza: “Yo es que tengo un problema –me susurró–, que me gusta demasiado pelearme”.
Salir de marcha con cámara de fotos tiene sus riesgos, y no sólo para ella, que ya tiene aspecto de haber vivido el desembarco de Normandía. A mí me dio por fotografiarme con toda muchacha de buen ver que me cruzaba en el camino. Ver la secuencia completa muestra a las claras aquello de que “no hay mujer fea, sino cubatas de menos”. El buen criterio, también llamado listón, se relaja a medida que avanza la noche. Finalmente, casi ligo: le di un beso en la mejilla a una jovenzuela. Una semana más por Vitoria y lo consigo. Casi seguro.
Tras perder a mi grupo –cuya generosidad financiaba en gran medida mis copas– y vagar durante un rato, regresé a mi habitación, más cargado de como salí: un gorro de paja naranja en cada bolsillo y otro con la leyenda “Gora Euskadi’”y la ikurriña en la cabeza. Síndrome de Diógenes etílico se llama a esta manía de acaparar objetos inservibles cuando se está borracho.
Al día siguiente no hay que perderse el desfile de los blusas y las neskas, las peñas del lugar. Se pasean por la ciudad con sus ruidosas y marchosas charangas, acompañados cada grupo por su correspondiente furgoneta dispensadora de bebercio para los felices participantes, vestidos con ropas típicas.
Es entonces cuando aprovecho para tender puentes en la guerra del fútbol. Me dejo entrevistar por la becaria de la Cadena Ser, que narra el acontecimiento. Si el lector escuchó la retransmisión, yo fui el joven que confesó que lo que me pedía el cuerpo era ponerme un traje tradicional y mezclarme entre los blusas. Y no mentía.
Acabo de llegar a Orduña, un pequeño enclave vizcaíno en la provincia de Álava. Una noche de tranquilidad de camino hacia mi próxima fiesta: el descenso del Sella.

