Opinión
‘Cogitus interruptus’
Por Ciencias
EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
Qué pensaríamos de alguien que aceptara las dos premisas de un silogismo y negara su conclusión? Alguien que dijera, por ejemplo: “Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre; pero Sócrates no es mortal”. Pensaríamos, con toda razón, que, una de tres: o está loco, o es un discapacitado mental, o nos está tomando el pelo. Pues bien, hay muchas personas que suscribirían premisas mayores como: “Matar por diversión ejemplares de especies protegidas es una canallada”, o: “La tortura es incompatible con la democracia”, o: “Un Dios justo y misericordioso no puede infligir un castigo desproporcionado”, y sin embargo, según cuales fueran las premisas menores, y aunque no pudiesen refutarlas, serían incapaces de aceptar las correspondientes conclusiones.
En paradójico contraste con el prestigio de la reflexión y el diálogo en las sociedades supuestamente avanzadas, esta curiosa disfunción silogística está cada vez más difundida, y cuesta creer que todos los que practican la interrupción del raciocinio sean locos, farsantes o descerebrados. La explicación de este preocupante fenómeno hay que buscarla, al menos en parte, en la imagen fragmentaria, discontinua –discreta, en el sentido físico-matemático del término– que de la realidad nos ofrecen los grandes medios de comunicación y el propio discurso dominante que transmiten. El videoclip y el spot publicitario son los paradigmas de la comunicación moderna (o posmoderna), comprimida y sincopada, veloz y efímera. La información se recibe por ráfagas dispersas e inconexas; los eslóganes y las consignas sustituyen a la reflexión ética y política... En consecuencia, el pensamiento mismo tiende a fragmentarse, a perder unidad y coherencia, y la presión social (cuando no la represión pura y dura) hace el resto: los dos sentidos del término “discreción” (discontinuidad y prudencia) confluyen y se refuerzan mutuamente, actúan de forma sinérgica como inhibidores de la razón.
La ideología dominante no debería denominarse “pensamiento único” (el pensamiento, literalmente entendido como la potencia y el acto de pensar, como la herramienta y la tarea cognitiva de los seres racionales, es básicamente único), sino “pensamiento discreto”. Los sofistas de antaño tenían que tomarse el trabajo de construir elaborados razonamientos falsos que pudieran pasar por verdaderos; los de hoy lo tienen mucho más fácil: basta con fragmentar los razonamientos verdaderos para construir una gran mentira a base de medias verdades.