Opinión
La coincidencia
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de Investigación del CSIC
La historia es muy conocida, pero sería imperdonable pasarla por alto. Tal día como hoy, hace 150 años, Charles Darwin estaba a punto de recibir, si no había recibido ya, un pequeño paquete que iba a afectarle profundamente y que, de una forma u otra, sería responsable de la publicación un año más tarde de El origen de las especies. El envío venía de Ternate, una ciudad, en una isla del mismo nombre, del archipiélago de las Molucas, y el remitente era un naturalista de campo con el que el propio Darwin mantenía correspondencia, Alfred Russel Wallace.
Veinte años antes Darwin ya había concebido la idea de la evolución por selección natural. En 1842, incluso, había escrito algo parecido a un esbozo, que un par de años después amplió y entregó a su esposa rogándole lo mandara publicar si fallecía. Pero la idea era demasiado revolucionaria incluso para él, o especialmente para él, un gentleman victoriano, así que le asustaba su presentación en sociedad, que posponía una y otra vez. El argumento para justificarse ante sí mismo era que necesitaba pruebas, siempre más pruebas. Para obtenerlas trabajaba sin descanso en su residencia de Down House y se relacionaba con gentes de todo el mundo, pidiéndoles materiales e informaciones de lo más insólitos. Podemos imaginar la reacción de Darwin al ver el remite: “Hombre, Wallace; a ver si dice algo de las gallinas malayas que le encargué hace un año”.
Pero en aquel escrito Wallace no hablaba de gallinas, ni siquiera de aves del paraíso, asunto que le tenía obsesionado. Por el contrario, enviaba un breve manuscrito titulado “Sobre la tendencia de las variedades a apartarse indefinidamente del tipo original” y pedía a Darwin que, si lo estimaba valioso, buscara una revista científica donde publicarlo. Fue leer el ensayo, y a Darwin se le cayó el alma a los pies. Todo lo que había madurado veinte años se encontraba allí maravillosamente sintetizado, de forma mucho más clara de la que hasta entonces él mismo había sido capaz de conseguir. No eran balbuceos, ni tampoco ideas sueltas poco o mal conectadas. Era una teoría perfectamente argumentada, que incluía la supervivencia de los mejor adaptados, la separación de una especie en otras diferentes, la selección artificial de razas domésticas… ¡incluso aparecían Malthus y su ensayo sobre la población, fuente de inspiración darwiniana! Hasta tal punto vio Charles Darwin reflejadas sus ideas en el manuscrito de Ternate que el 18 de junio, tal vez el mismo día que recibió la carta, o poco después, escribió a un colega: “Nunca vi una coincidencia más notable. Si Wallace tuviera el borrador que escribí en 1842, ¡no hubiera podido resumirlo mejor!”. ¿Qué ocurrió entonces? Lo vemos otro día.