Opinión
Comer, una experiencia religiosa

Por Nekane Goñi
-Actualizado a
No podía ser menos. Algunas de las más espirituales reuniones previas al cónclave que llevó a la elección del Papa Francisco tuvieron lugar en cuatro de los mejores restaurantes romanos: La Venerita, La Carbonara, La Taverna dei Fori Imperiali y el Passetto de Borgo. Santa Teresa decía que dios andaba entre pucheros. El espíritu santo, al menos en esta ocasión, entre cartas de tres estrellas Michelín.
Y eso que la religión católica tiene hasta un pecado específico para eso del excesivo disfrute gastronómico: la gula. Claro que resulta francamente difícil delimitar cuándo habría que entonar el mea culpa: por pagar un pastón por un kilo de percebes en un restaurante de moda o por ponernos morados a croquetas en casa de la abuela… La católica no es la única religión que desconfía de los placeres de la mesa. Como si los dioses, seres espirituales sin estómago ni papilas gustativas en un dudoso paraíso sin deleites gastronómicos, se vengaran de los humanos a base de tabúes, prohibiciones o restricciones con la comida.
Los musulmanes no se andan con chiquitas y un Imán llega a decir que “El estómago es la puerta de todos los males”. Así que, además de ese largo y estricto periodo de ayuno del Ramadán, tienen que resignarse a pasar por la vida sin disfrutar del jamón ibérico, de las morcillas, de la sopa de picadillo, del lomo embuchao… Cualquier cosa procedente del cerdo, animal que consideran inmundo, así, sin paliativos.
En ese desprecio al cerdo, también coinciden los judíos, quienes además sufren otra prohibición cruel, desde mi punto de vista: ¡no pueden comer marisco! No está admitido, no es kosher. Sino todo lo contrario: taref. Y, por cierto, en estos tiempos, comer albóndigas en el restaurante de una gran tienda sueca o canelones de algunas conocidas marcas pondría a los más ortodoxos en un brete: la carne de caballo también es tabú.
Dicen que algo hay de razones sanitarias o económicas en estas prohibiciones ancestrales: luchar contra la triquinosis en el caso de los cerdos o preservar a otros animales para un uso más rentable: los caballos como animal de tiro y transporte; las vacas, el animal sagrado del hinduismo, para leche, queso y mantequilla...
Pero la cultura católica es mucho más permisiva en asuntos de panza: no en vano, la parte más esencial del culto gira en torno a la degustación del cuerpo y la sangre del dios al que se venera. Nada menos. Por eso la doctrina afina mucho en esas cosas. De hecho creo que, salvo a tu vecino, se permite comer de todo. Sí… pero con moderación, que si no acabamos empachados y con muy mala conciencia.
Lo más que se regula en torno a la comida son los tiempos: los viernes de cuaresma no se come carne. Y hay dos días en el año que se hace ayuno. Mucha manga ancha si se compara con otras religiones, hay que reconocerlo. Porque además, esas prohibiciones están llenas de excepciones: que si te lo cambio por una limosna, que si tengo gripe y tengo que tomar caldito de pollo… Hasta en plena vigencia de la más estricta ortodoxia, aparecen apaños como el del chorizo sabadiego, por ejemplo. Estaban tan escasos de calorías los pobres paisanos del campo asturiano, que les permitían hacer una especie de fiambre de desecho, con todos los restos cárnicos que podían y que, a pesar de todo, debían saberles a gloria. Eso sí, se lo comían el sábado. De ahí el nombrecito.
No se puede ser demasiado tiquismiquis cuando la gastronomía nacional —sobre todo la repostería— se rige por el calendario eclesiástico. Así, a bote pronto, seguro que se nos ocurren muchos ejemplos: torrijas y pestiños de Semana Santa, mona de Pascua, buñuelos, panellets y huesos de santo (una denominación de dudoso gusto) por el día de Difuntos, roscón de Reyes en enero… Tampoco se puede ser tan puntilloso respecto del pecado de gula cuando las monjas de clausura de este país han fomentado durante siglos el disfrute de canutillos, bizcochos, yemas y rosquillas.
Recuerden, sin ir más lejos, de donde surge la cerveza y el champán, de entre los santos y consagrados muros de los monasterios. Vamos, que malos, malos, rematadamente malos, no pueden ser.
Al fin y al cabo, qué se puede decir de una cultura que, a la excelencia culinaria, la denomina bocatto di cardinale (aunque hay duda de si se refieren a Claudia o a un miembro de la Curia Romana) o que, a darse un homenaje gastronómico, le dice “comer como un cura”.
CONSUMO O CONSOMÉ
¿Sabéis que el tradicional consomé es un invento español? Más aun, ¿sabéis que la receta surgió de un Monasterio, del de Guadalupe? Le llamaban consumo. No se sabe a ciencia cierta cómo ni cuando se lo apropiaron los franceses. Dicen que fue en las guerras napoleónicas y que fue lo mejor que consiguieron los gabachos de aquella contienda. Por si os apetece hacer un consomé como en origen: elegid un perolón en el que quepan dos litros y medio de agua, una gallina (o tres perdices), un kilo de carne de vaca en pedazos grandes y 150 gramos de jamón en un solo trozo. Para acompañar, una cebolla con unos clavos, una ramita de apio y dos puerros. Y a cocer hasta que las carnes estén blandas y hayan dejado toda su substancia. Luego, picaditas, se servirán junto con el caldo, que habremos desengrasado y colado.