Opinión
Cousteau, ciencia y economía
Por Ciencias
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
*Profesor de Investigación del CSIC
Uno de mis primeros recuerdos infantiles es la asistencia, con mis padres y alguno de mis hermanos, a una sala de cine de Valladolid para ver la película El mundo del silencio, de Jacques Cousteau. Aún no tenía diez años y la película me fascinó. En casa no había televisión, apenas íbamos al cine y durante años aquel fue mi primer, y casi único, contacto con los documentales de naturaleza.
Lo he recordado leyendo Los humanos, las orquídeas y los pulpos, libro reciente presentado como testamento de Cousteau. Deja claro que no fue un científico, aunque tratara de tú a tú a muchos de ellos. Tampoco fue un tecnólogo, por más que impulsara y desarrollara instrumentos que revolucionaron los sistemas de buceo, abriendo caminos para el estudio de las profundidades.
Se consideraba un explorador, mas defendía que sin la curiosidad del explorador no cabe la ciencia. “¿Era ciencia, exploración o juego lo que hicimos con el Calypso cuando seguimos a una ballena preñada durante su migración con el único objeto de saber si dormía por la noche?”, se pregunta. La curiosidad mueve a jugar al niño, a buscar al explorador y a comprender al científico, concluye.
Una de las características de la exploración, y de la ciencia, es la incertidumbre acerca de los resultados. “Si supiera lo que íbamos a encontrar, no me molestaría en buscarlo”, pone Cousteau en boca de uno de sus acompañantes. También menciona al Nobel Szent-Györgyi, quien argumentaba que, aventurándose en lo desconocido, el científico no sabe qué va a encontrar ni cómo puede hacerlo. Sin embargo, protesta Cousteau, “los gobiernos en la actualidad ordenan: ‘No busques, encuentra”.
Confío en la gestión de la nueva ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, de cuyo equipo forman parte buenos amigos míos. Me agradó que se refiriera al interés por conocer como una característica singular de los humanos. Pero me desazonó un poco que, en sus primeras palabras, incluyera a la ciencia como uno de los “agentes transformadores de las economías en su conjunto”. No digo que no lo sea; todo lo contrario. Pero teniendo claro que esa transformación ha de ser una consecuencia, no un objetivo, de la actividad científica.