Opinión
Credulidad
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
Muchos reclamamos una sociedad mejor informada, más racional, con creciente formación científica. Los sociólogos afirman, además, que la gente valora la investigación y concede alta credibilidad a sus practicantes y resultados. La tarea, pues, se diría sencilla. Sin embargo, como Miguel Ángel Sabadell se encarga de recordarnos en esta sección, proliferan los videntes, los horóscopos, la superstición. A la parcela emocional de cada cual le atrae lo desconocido, creer en cosas raras, fabricar misterios. Andrew D. White, fundador de la Universidad de Cornell, dejó escrita en su autobiografía la historia del gigante de Cardiff, un fraude grosero y también un antiguo, pero llamativo, ejemplo de credulidad colectiva.
En 1868, un cigarrero de Nueva York llamado George Hull encargó a un cantero que fabricara una estatua de un gigante yacente, facilitándole para ello una piedra caliza de varias toneladas. Más tarde la envió por ferrocarril a su primo William Newell, que vivía en una granja en Cardiff, en el estado de Nueva York. William envejeció la estatua generando manchas, huecos y poros, y la enterró junto al granero. Un año más tarde encargó a dos hombres que excavaran un pozo precisamente allí, y ellos anunciaron el descubrimiento de un indio gigante petrificado.
La noticia corrió de boca en boca, de granja en granja, alterando la paz (escribió White) de aquellos tranquilos territorios. Los curiosos se arremolinaban en la granja, así que su propietario empezó cobrando unos centavos por ver la estatua, tendida en una zanja. Dada la demanda, en pocos días dobló el precio. Los escépticos, entre ellos Andrew White, advirtieron desde el principio que se trataba de una falsificación, pero otros admitían que podía ser una estatua muy antigua, y los más pensaban que era un hombre fósil.
Llegaron a organizarse trenes especiales para visitar al gigante, que al parecer impresionaba vivamente a todo el mundo, más por sus dimensiones y su conexión con lo ignoto que por su belleza. Apenas transcurridas unas semanas, el mito había crecido. Aparecieron presuntos conocedores de las tradiciones de los indios iroqueses mencionando viejas leyendas que hablaban de gigantes vagando por los bosques. No había duda, todo encajaba, había que verlo. En poco tiempo Newell y Hull ganaron decenas de miles de dólares, mientras White se desesperaba. En sus memorias recuerda cómo una máxima de Schiller martilleaba entonces constantemente su cerebro: “Contra la estupidez, los mismos dioses luchan en vano”. Otro día contamos el final.