Opinión
La crueldad en la ciencia
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla
El uso cruel de animales y personas para observar y experimentar más o menos científicamente tiene sus raíces en Galeno. El padre de Galeno era el arquitecto mejor pagado de Pérgamo, ciudad que acogía el santuario del dios más sanador y milagrero de la zona: Asclepios. Los patricios más importantes de todas las provincias romanas acudían al santuario en cuanto enfermaban seriamente ellos o alguien de sus familias. El joven Galeno estuvo en contacto permanente con las enfermedades y con los ricos, siendo éste último su interés prioritario a la vista de cómo se desarrolló su carácter ambicioso. El santuario tenía una escuela de medicina aneja y allí ingresó Galeno.
Lo decisivo, en cualquier caso, no fue la escuela del santuario, sino el hecho de que el gran sacerdote del mismo mantenía una tropa de gladiadores para solaz del pueblo y negocio propio. Un gladiador herido era raro que sirviera para algo que no fuera perder dinero, por lo que poco daño haría que algún que otro mozuelo aspirante a médico practicara con él. Si moría, con tal de que fuera pronto, suponía casi una ganancia; si sanaba, con tal de que recuperara todas sus fuerzas en poco tiempo, la ganancia era ya neta aunque fuera escasa. En los centros de excelencia médica de la época, el siglo II, sólo se practicaba con animales y no se diseccionaba más que cadáveres. Así, en cuanto Galeno consiguió que lo nombraran jefe de los médicos de los gladiadores, por la ciudad corrieron con brío los rumores sobre sus actividades con los aguerridos y desgraciados luchadores. Las habladurías iban desde que realmente los curaba hasta que los dejaba morir observándolos, haciendo anotaciones sin mostrar la más mínima piedad. Incluso cosas mucho peores, pero seguramente en todo ello había una mezcla de verdad y exageraciones.
La medicina ha adquirido mucho conocimiento a costa del horroroso sufrimiento de condenados, pordioseros, soldados, prostitutas y otros desdichados (algún día escribiré de William Harvey, uno de los más siniestros investigadores médicos de la historia; a lo que nunca me atreveré será a pasar el mal trago de escribir sobre algunos médicos nazis). Afortunadamente, aunque se sigan llevando a cabo experimentos farmacológicos espeluznantes, la sensibilidad en contra de estas prácticas con animales y personas se va plasmando en leyes rigurosas y su persecución policial es cada vez más firme. Estos controles forman parte del conjunto de indicios que muestran el avance real de la humanidad.