Opinión
Las cuitas de la nueva caja gallega: todo un síntoma
Por Vicente Clavero
El proyecto de ALBERTO NÚÑEZ FEIJÓO de contar con una gran caja gallega se está tambaleando como consecuencia de las últimas normas para el fortalecimiento del sector financiero aprobadas por el Gobierno español.
Esas normas son muy rigurosas en materia de cobertura de riesgos y señalan el camino de la nacionalización a aquellas entidades que no cumplan en los próximos meses con los nuevos requisitos de solvencia.
Novacaixagalicia –fruto de la reciente fusión de Gaixa Galicia y Caixanova– se encuentra claramente por debajo del core capital mínimo exigido ahora, lo que la obliga a buscar alianzas o cambiar su estatuto jurídico para captar recursos en el mercado por un importe no inferior a los mil millones de euros.
Ninguna de las dos opciones gusta al presidente de la Xunta y de ahí su vehemente solicitud a JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO de una reunión en la que pueda exponerle sin intermediarios por qué está en contra de la nueva normativa.
Núñez Feijóo es consciente de que las únicas alianzas posibles son con cajas de otras regiones que exhiban una fortaleza mayor, cosa que diluiría inevitablemente la galleguidad de Novacaixagalicia y, por supuesto, le restaría autonomía.
El cambio del estatuto jurídico –su conversión en banco– también encierra serios inconvenientes, entre los que no sería el menor la obligatoriedad de compartir beneficios con los nuevos accionistas, en detrimento de la obra social.
Ante la perspectiva de que el Gobierno no dé marcha atrás ni acepte hacer una excepción, Núñez Feijóo ha explorado la posibilidad de que esos nuevos accionistas sean grandes empresarios gallegos. Incluso se han barajado nombres concretos, del perfil de MANUEL JOVÉ o de AMANCIO ORTEGA. Para predicar con el ejemplo, la propia Xunta de Galicia estaría dispuesta a poner dinero.
Sin embargo, de momento, parece que tales gestiones no se han visto coronadas por el éxito, lo que abona la teoría de que va a ser difícil atraer inversores privados para unas instituciones tan vapuleadas y de un futuro tan incierto como las cajas de ahorros.
Salvo –claro está– que el riesgo sea ínfimo porque haya que venderlas a cualquier precio.