El Robin Hood del proletariado: el día en que el general Ludd y su ejército de luditas declararon la guerra a las máquinas
A principios del siglo XIX hubo una reacción de los trabajadores contra lo que consideraban un cambio en sus condiciones de vida, una modificación de las reglas del juego.

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Cuentan, las leyendas, que vivía en la antigua Mercia un chico llamado Edward Ludd. Uno al que todos llamaban Ned. Cuentan, las leyendas, que eran fines del siglo XVIII, que era aprendiz en un telar, que el patrón lo maltrataba. Que solo un niño, que cuánta injusticia. Cuentan que, como castigo a su holgazaneo, fue azotado, humillado. Más no vencido. Cuentan que volvió con sus herramientas donde la máquina, que la destrozó por completo, que huyó a los montes para que nadie pudiera prenderlo. Cuentan, las leyendas, que buscó abrigo en el Bosque de Sherwood. Y si dicen ustedes en voz alta “Ned Ludd” y “Robin Hood” verán que se parece bastante.
Eso cuentan, las leyendas.
Eso enarbolaron, ellos.
A principios del XIX, sobre 1811, las cosas estaban jodidas en el norte de Inglaterra. Las cosas estaban jodidas, digo, si eras un trabajador, uno de esos que metía curro locamente (catorce diarias, solo descanso dominical) en las factorías de hacer paños, de trenzar telas. Dicen que si un tal Robert Peel, propietario, quedó espantado de las condiciones laborales en una de sus propias fábricas. Que había niños desnutridos, lisiados, de piel cerúlea. Que los barracones están hasta arriba, que se maltrata al obrero, que no es inhabitual algún castigo al borde de la vida misma, como hacerte dar vueltas, a la pata coja, alrededor de máquinas mortíferas, como sucedía en Litton.
Esas fábricas, monstruos enormes, eran tan turbias, tan preocupantes, que se las sacó de los centros urbanos para erradicarlas a las afueras... Pero todo eso no importa. Los propietarios habían creado monopolio y tú cobrabas un salario mínimo que era mínimo de narices. Además, dónde ibas a ir, muchacho, si te hemos ido cerrando todos los comunales en los pueblos, si ya no puedes hacer eso de la economía rural de siempre, si los forraos gastan ahora predios tipo “hasta donde lleguen los ojos” (véanse todas esas series sobre ingleses de clase alta tan cuquis, tan pijas, tan manipuladoras desde su misma base). Así que nada, al curro.
Pero todo tiene un límite. Y éste acaba llegando.
Sobre los luditas, sobre los mecanoclastas, nos cuenta Brian Merchant en un interesantísimo libro recién aparecido en castellano. Sangre en las máquinas. Los orígenes de la rebelión contra las grandes tecnológicas (Capitán Swing, 2025, traducción de Ángela Blum) es un trabajo profundo y riguroso, uno para leer con ritmo de novela, de cuento al calor del llar. Uno que, encima, redimensiona, dignificándolos, a esos obreros primigenios que luchaban por sobrevivir, y a los que la historia siempre nos mostró cual trogloditas sin alfabetizar. Imagínate, romper las máquinas, ay... guiño, guiño, codazo, codazo. Y no. Ni de coña. Raíces, contextualización.
Lo importante.
“En Estados Unidos, los luditas no se entienden como un fenómeno histórico”, me cuenta Merchant. Brian Merchant (barba, pelo largo, gorra) habla rápido, se explica, mueve las manos, intenta que compartas su fascinación por estos tipos que tanto maltrató la historia. “En todo caso aquí solo conocemos la palabra como sinónimo de antitecnología, se oía de fondo para designar a quien no le gustan los teléfonos móviles o no sabe programar su dvd. Pero empecé a escucharlo un poco más hace unos diez años, cuando había gente relacionada con Uber, algunas empresas tecnológicas y las empresas de trabajo temporal que empezaron a criticar a sus críticos llamándolos luditas. Vi que la palabra se usaba para intentar silenciar a quienes decían que aquello era malo. Y comencé a investigar más a fondo sobre los luditas".
"Encontré un artículo académico de Donald McKenzie sobre los luditas y me abrió los ojos, sentí que esas personas tenían razones muy legítimas para criticar o incluso resistirse a la tecnología, en algunos casos incluso para rechazarla o destruirla... Si una máquina o un sistema se utiliza para explotar tu trabajo, para destruir tus condiciones laborales, para destruir tu empleo, entonces es casi una decisión lógica oponerse a eso, querer desmantelarlo”, dice.
Pero lo importante, dijimos más arriba.
Que los nuevos telares ponen en el punto de mira cientos de miles de empleos, solo en aquella zona. Que las condiciones son horrendas, que pocos explotan a muchos para que muchos hagan ricos a pocos. Que la situación es (que la situación debería ser) insostenible. Y que algo sucede. El cuento para chavales, el chascarrillo sin más.
Resurge.
El General Ned Ludd comienza a destruir bastidores.
“Cuando hablamos de los luditas en sentido histórico estricto, nos referimos a un movimiento muy concreto de artesanos y trabajadores textiles cualificados que protagonizaron acciones de sabotaje muy selectivas. Y esto es importante subrayarlo: no destruían cualquier máquina, ni lo hacían de manera indiscriminada. Atacaban tecnologías muy concretas —los grandes telares mecánicos, las máquinas de tundir— porque estas no eran simples innovaciones técnicas neutrales, sino dispositivos insertos en un nuevo modelo productivo”, me cuenta Rodrigo Escribano, profesor de Historia Contemporánea en la UNED.
Y continúa. “Estas máquinas permitían a los empresarios prescindir del trabajo cualificado, contratar mano de obra barata y no especializada, reducir salarios y romper los estándares tradicionales de calidad. Además, alteraban de forma radical la organización del trabajo: desplazaban la producción del taller al espacio fabril, separaban al trabajador del control sobre el proceso productivo y transferían ese control al capital. En ese sentido, la destrucción de maquinaria no era un rechazo abstracto a la industrialización, sino una forma de resistencia frente a una industrialización muy concreta, vivida como un proceso de desposesión, desposesión del oficio, del control sobre el ritmo y el sentido del trabajo y, en último término, de la supervivencia misma de comunidades enteras”.
No hubo, no, tal General Ludd. Algunos hablan de un mozuco, George Mellor por nombre, que pareció estar en el centro de los revoltosos, que acabó, como muchos ellos, en el cadalso. Ludd suena, sí, muy parecido a Hood (ya vimos), y también tiene aire de familia con lluydda, que es “guerrear” en galés. Así que todos, todos los que mandan misivas a periódicos, los que amenazan patrones, los que reivindican actos... todos firman como el General Ludd. Incluso canciones populares, admonitorias. El valiente Ludd la violencia no solía usar / pero sufría ya de tal manera / que por defenderse se tuvo que levantar / y prepararse para la pelea. Qué importa que no exista el tal Ludd, qué importa lo que significa. Es un símbolo, y los símbolos no deben entenderse.
Solo los has de sentir.
“Proviene de una tradición muy rica, sí, los luditas surgieron por primera vez en la zona de Nottingham, cuna de Robin Hood, hay muchas similitudes. Aunque no lo sabemos, no tenemos los registros de archivo para ver cómo el comité ideó a Ned Ludd o a los luditas, ni quién fue la primera persona que pensó que era buena idea usarlo como su avatar”, dice Brian, que habla apasionadamente de estos revolucionarios con doscientas primaveras cumplidas. “Ciertamente se inspiran en esa tradición de mitos, de rebeldes, personas que luchan por el pueblo contra los ricos, por la mayoría contra la minoría y los poderosos. Fue muy intencional: la forma en que difundieron la historia, la forma en que diseñaron su mitología... Es una historia muy interesante, y por eso están usando esa mitología como una herramienta útil, porque si las élites temen este movimiento mítico y creciente, estarán más dispuestas a atender sus demandas”.
Decíamos que a estos muchachos se les llama, desde muy pronto, luditas, por eso de Ludd. Merchant prefiere el sustantivo “mecanoclastas” porque cuadra mejor con su idea del asunto, con lo que sucedió realmente. Decíamos, sí, que les dicen luditas, que se les humilla en los papeles, en el Parlamento. Reaccionarios, terroristas, contrarios al progreso, lo puto peor de cada mundo. Las mentes bienpensantes gritan con escándalo. Algo así en nuestra nación, oh, pero qué se creyeron. Bien está lo de arrasar fábricas en la Guerra de la Península (como hicieron con la textil del Infantado, en Torrelavega), porque esas son creaciones de catetos y competencia a nuestra gloriosa Britannia... pero ¿tener problemillas aquí, en la misma Northumbria o en nuestra amada Mercia? No, eso sí que no.
Así que protestan, los bienpensantes. Elevan muchas voces, se mesan cabellos repeinaos. Y surte efecto. Parten, al norte de Inglaterra, milicias con miles de soldados, tantos como nunca se vieron desde la Guerra Civil. Al frente, el príncipe de Gales, que tenía más interés en láudanos, burdeles y procrastinaciones que en estos asuntos. Pero va, porque toca y porque le están tocando sus tierras. Ayudan desde Londres... el delito “destrucción de maquinaria” sube de categoría, y pasa a ser castigado con la pena de muerte. Pronto los soldados de Ludd (los mismos Ludd) se mecerán al viento de los Moors...
Los hay también que entienden la profundidad del asunto. Merchant recoge, por ejemplo, algunos editoriales donde se acusa al Gobierno de ridiculizar a los mecanoclastas como “salvajes ignorantes”, obviando que el problema radica en los principios del libre mercado y no auxilio a la clase trabajadora que alentó el primer ministro Pitt el Joven. Escribes eso hoy y vas derechito a la lista negra, ejem.
Así que hay, si quieren, un conflicto bélico. En una zona concreta, entre las tropas regulares y un grupo de paisanos que actúan con nocturnidad, de los que no sabemos número, de los que no sabemos nombre, de los que no sabemos filiación más allá de la queja por sus condiciones de trabajo, por su futuro. Objetivo: las máquinas, aunque a veces, pocas, actúan contra sus dueños. “Historiadores como Frank Peel ya explicaron que el movimiento no nació de una hostilidad abstracta hacia el progreso, sino de la miseria extrema provocada por las guerras napoleónicas, las malas cosechas y el colapso del comercio que estas trajeron consigo”, dice Rodrigo. Ellos, los luditas, llevan máscaras, llevan disfraces, a veces se refugian bajo ropas femeninas, transgresión sobre transgresión que vuelve locos a prensa y cayetanos. Incluso cierto ludita, cierta noche, cargaba pellejo de buey, sanguinolento. Pero actúan, por lo general, compasivamente. No eres nuestro enemigo, explotador cruel. Eres tú, igual que yo, engranaje del sistema. Bueno, algo más cabrón, pero engranaje del sistema.
Durante un tiempo ese ejército, el ejército fantasma de Mellor, el ejército ficticio del General Ludd, parecía invencible. Porque todos los apoyan, porque nadie dice conocerlos. Y la Graciosa Majestad empieza a acojonarse, pues elevan sus voces, pues hablan, ya, sobre derrocar al príncipe y toda su basura. Joder. Así que mandamos a un general, Maitland, al mando de 35.000 paisanos. Vuelvan a leerlo... son muchos paisanos. ¿Su propósito? Subyugar al norte de Inglaterra, a esos luditas que de inicio destrozan cuatro máquinas y ya atentan contra algo más egregio que la propiedad privada. Es el año 1812, los luditas reclaman ayuda al pueblo. Cualquier herramienta, cualquier objeto punzante, cualquier cachito de metal que podamos ir moldeando hasta que torne arma, cualquier producto de la Revolución Industrial que yo pueda fundir para que no nos devore lo peor de esta Revolución Industrial.
Vientos de guerra en septentrión.
Tocó, esta lucha de los mecanoclastas, teclas en artistas y literatos. En las de Brontë, por ejemplo, a quienes llega como remembrar de tiempos recientes en su propia tierra, esos páramos donde los brezos hacen, al latir del aire, un susurro especial, propio. Tocó, también, a dos contemporáneos. Uno lo vive en propias carnes (o símil). Otra lo tuvo en mente para crear mitos que perduran hoy...
Lord Byron era, en aquel entonces, el tipo más famoso de Europa. Bueno, a ver, el tipo más famosos de Europa había nacido en Ajaccio, pero tras el Bonaparte venía nuestro Lord preferido. Poeta inmortal, personalidad subyugante y peligrosa. El escándalo camina con imitación a su cojera, es “un loco malvado al que resulta peligroso conocer”, como dijo Caroline Lamb, aristócrata que gustó mucho del peligro. Y se fija, se fija mucho en la lucha. Su señorío está en Nottinghamshire, sus ideas viajan hasta Sherwood. Envía una carta a Lord Holland, su mentor político. “Con la adopción de un tipo concreto de bastidor un hombre puede hacer el trabajo de siete, lo que deja a los otros seis sin empleo. Además, cabe señalar que el producto elaborado por este medio es de una calidad tan inferior que difícilmente podría comercializarse en nuestro país, así que se fabrica a toda prisa para la exportación”.
Más clarito... Byron tratará de los mecanoclastas en su primer discurso allá por la Cámara de los Lores. Hay gritos, hay risas, hay estupefacción. George, feliz, sonríe. ¿Era interés sincero o solo un poco de Épater les bourgeois? Merchant tampoco lo tiene claro. “Ya sabes que era muy voluble, y aquello coincidió con el lanzamiento de su poema épico Childe Harold's Pilgrimage. Así que diría que es un poco oportunista, y él disfrutaba con la contradicción. Pero también regresa a los luditas a lo largo de sus obras en un par de poemas más, años después, cuando ya no es tan provocador o tan oportunista. E incluso hay cartas al respecto, cartas que no estaban destinadas al consumo público. Creo que había una afinidad legítima. Aunque también podía haber estado gestionando su imagen, construyendo una mística. Byron... es difícil decirlo”.
El caso de Mary Wollstonecraft (o Mary Shelley, como prefieran) es distinto. Ella escribe, en plena oleada del General Ludd, una obra que parece profética y metafórica, una de símbolos, casi alquimia. Una donde la arrogancia estupra ciencia para crear seres tristes y desgraciados. La versión original de esa criatura (la versión que recupera Guillermo del Toro en su película reciente) muestra el miedo, lo indefenso, una angustia existencial que puede expresarse con reflexiones profundas y sensibilidad extrema. Vuelvan al original, al Moderno Prometeo, vuelvan. Curiosamente (o no) la idea que llegó hasta nuestros días sobre ese “monstruo de Frankenstein” es la que aparece en la película de James Whale, con un bicho grandote, torpe y cruel, un imbécil al que debemos combatir. Curiosamente (o no) se trasunta esa criatura de la misma manera, con los mismos caracteres, a como fueron trasuntados los luditas...
(Que esa visión cinematográfica no fuese la del director, sino que aparezca impuesta por el estudio tras cortar algunos planos decisivos para la psique del personaje nos cuenta también muchas cosas sobre la posverdad. Pero esa es otra historia).
No es esta relación entre luditas e intelectuales algo aislado en su contexto temporal. Rodrigo me expone una teoría tan rompedora como sugerente. “Hoy lo utilizamos para designar lo que suele llamarse neoludismo, una postura intelectual muy distinta. Mientras que el ludismo original fue un movimiento de productores que defendían condiciones laborales justas y formas de vida concretas, el neoludismo contemporáneo es filosofía más propia de consumidores, intelectuales y pensadores que proyectan sobre la tecnología una ansiedad abstracta, concibiéndola como una fuerza autónoma, casi metafísica, esencialmente deshumanizadora".
Continúa Rodrigo: "Aquí resulta especialmente sugerente el planteamiento de Marcos Alonso, desarrollado en su libro Platón contra las Máquinas, que acaba de ser publicado en Alianza. Alonso sostiene que ludismo y neoludismo deben entenderse como manifestaciones de una estructura de pensamiento mucho más profunda y antigua, que él denomina el prejuicio contra lo artificial. Según Alonso, el origen de este prejuicio no está en la Revolución Industrial, sino en la Grecia clásica. En diálogos como el Protágoras, Platón reescribe el mito de Prometeo para introducir una idea clave: la técnica, por sí sola, es insuficiente y peligrosa. Con un breve paréntesis mecanicista en la modernidad, la evolución es esa".
"Finalmente, Alonso identifica fenómenos del siglo XXI que serían aparentemente opuestos al ludismo, pero en el fondo idénticos, como el transhumanismo o los discursos que predican la fe ciega en la inteligencia artificial. Al igual que Platón despreciaba el cuerpo en favor de la idea, estos discursos desprecian la biología y sueñan con una mente pura, inmaterial, descargable. Así, tanto el neoludita que odia la máquina como el transhumanista que odia lo biológico comparten el mismo idealismo abstracto”, remata.
¿Existe hoy un recuerdo a los luditas? En Inglaterra, en los caminos por donde mancharon sus botas. Brian Merchant cree que sí. “Todavía hay pubs, sobre todo en Nottingham, que usan el nombre ludita. Hay un tal Alan Brooks, historiador ludita, con el que pasé algún tiempo en Huddersfield, algunas sociedades históricas y él mismo organizan paseos luditas. Existe una especie de hilo conductor y una tradición oral para mantener viva la historia ludita local en Inglaterra”. Y va incluso más allá. “El historiador Edward Palmer Thompson argumenta que el movimiento ludita fue fundamental para catalizar la solidaridad de la clase trabajadora en Inglaterra y, de alguna manera, para que la gente comprendiera que compartían intereses más allá de su gremio o su oficio específico. Y eso motivó muchos de los movimientos reformistas, muchos de los movimientos sindicales y muchos de los movimientos políticos que surgieron tras la derrota de los luditas”. Y es que en todo esto hay una valiosa enseñanza, que Brian apunta. “Por mucho que lo intenten, las élites no pueden erradicar por completo lo que los luditas realmente representaban y lo que realmente hicieron”.
Aunque... en fin.
También pregunto, a Rodrigo Escribano, sobre la presencia de estos movimientos en España. “En España no hubo un movimiento ludita estructurado, pero sí protestas recurrentes contra la mecanización, con destrucción de máquinas, sabotajes y ataques a fábricas, especialmente en Catalunya y algunos núcleos protoindustriales del Levante durante las décadas de 1820 y 1830. No había un rechazo abstracto a la técnica, sino resistencias sociales al modo concreto en que la mecanización transformaba el trabajo, amenazando el empleo, la cualificación artesanal y los equilibrios comunitarios. La violencia se dirigió de forma selectiva contra máquinas y empresarios, funcionando como un lenguaje político de negociación y protesta, más que como irracionalidad antiprogresista”.
Que ustedes saben cómo acaba. Los luditas, digo. Lo saben, porque acaba (casi) siempre de esa forma. Saben que hubo ahorcamientos, que hubo delaciones, que hubo gritares y ejemplaridad poco ejemplarizante. Catorce sentencias de muerte en un solo día cuando capturan a George Mellor, un número jamás visto antes en York. Jamás. Saben, igual, lo de Burton's Mill, lo de Westhoughton Mill. O, si no lo saben, sospechan. Sospechan de la derrota, de los agentes provocadores, de la infantilización posterior. Sospechan de esa imagen que tenemos, actualmente, sobre los luditas. Niños que martillean contra el futuro por el placer de escuchar los golpes. Sospechan, quizá, que no todo es como nos han contado, que esconden, estas historias, algunas enseñanzas. Sobre lo que fue, sobre lo que es hoy. Monopolios empresariales, saltos de tecnología. Y el trabajador que asiste, impertérrito, al mover de un mundo que quiere asfixiar. Hasta que alguien, alguien, recuerda.
Esas máquinas pagarán con la pena capital / por decisión de los trabajadores, / y Ludd, a quien nadie osará desafiar / se encargará de hacer los honores.





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