Opinión
Democracia a la birmana
Por Público -
LUIS MATÍAS LÓPEZ
Periodista
Nunca hubo tantos regímenes que se proclamasen democráticos, pero la democracia no vive una edad dorada. Con frecuencia, quien convoca elecciones “libres” sólo respeta el resultado si le favorece. De no ser así, Hamás gobernaría en Palestina, los islamistas en Argelia y Musawi, tal vez, en Irán. La democracia se asocia a veces con corrupción (incluso en India, que presume de ser la mayor del planeta), se desnaturaliza por el control estatal de los medios de comunicación (Rusia) y conduce a disparates como que Berlusconi convierta su conveniencia en ley o un puñado de fanáticos reaccionarios se siente en el Capitolio de Washington.
Para “defender la democracia”, EEUU invadió Afganistán y, dos veces, Irak, al precio de centenares de miles de vidas. Pero los jeques siguen al mando en Kuwait, el tribalismo, la corrupción y el fraude deslegitiman al régimen afgano, y en Irak la retirada parcial norteamericana deja un rastro de barbarie y unos partidos que necesitan ocho meses para alumbrar con fórceps un mal Gobierno.
Sin embargo, la democracia es aún el mejor de los sistemas políticos posibles, y el aura de la palabra atrae incluso a tiranos ansiosos de legitimidad. Así que, bienvenidos a la democracia a la birmana. Los militares de Myanmar (antigua Birmania) violentaron hace 20 años la voluntad popular porque arrolló la oposición, cuya líder, la premio Nobel Aung San Suu Kyi, ha pagado su osadía con 15 años de arresto domiciliario. Ahora la Junta, ante las sanciones internacionales, el marasmo económico y la presión de socios y aliados, ha optado por un lavado de cara disfrazado de entrega del poder a los civiles.
En 1990, los militares quisieron abrir un resquicio de pluralismo y calcularon tan mal que tuvieron que dar un portazo. Para no recaer en el error, se han reservado ahora el 25% de los escaños y los puestos clave del Gobierno. Sin observadores internacionales, las irregularidades eran tan previsibles como las condenas exteriores, y los primeros datos apuntan a una victoria abrumadora del partido oficialista creado para la ocasión y escandalosamente apoyado por la Junta. El resquicio abierto a la oposición es tan pequeño que será difícil que por él pase un soplo de aire fresco. Eso privará de gran parte de su significado a la esperada liberación inminente de la “prisionera de Yangon”, que recomendó el boicoteo de los comicios.