Opinión
El doble rasero
Por Amparo Estrada
Ángelo comenzó a subir la grandiosa escalinata repitiendo mentalmente el número del escalón que dejaba atrás: uno, dos, tres, cuatro… Era una costumbre que repetía desde niño para dejar la mente en blanco y calmar la ansiedad. Cuando llegó al segundo tramo paró un momento y vio ondeando la bandera encima del ala sur del Capitolio, señal de que los congresistas estaban reunidos. A él le esperaban los miembros del Comité de Investigaciones y Vigilancia de la Cámara de Representantes. Pero no acudía solo, también habían llamado a Charles y a Stanley. ¿El motivo? Eran varios millones de motivos en realidad, millones de dólares cobrados en indemnizaciones al dejar sus compañías inmersas en una crisis de la que no se veía el final. Eran millones de billetes que habían ido a parar a sus bolsillos mientras la crisis de las hipotecas basura, que sus empresas habían contribuido a expandir, se extendía como una mancha de petróleo por todo el sistema económico desarrollado sin que hasta ese momento se hubiese podido parar.
Y ahora, el Congreso de los Estados Unidos quería explicaciones por las indemnizaciones cobradas y saber si estaban justificadas o no. Lo gracioso es que los tres se habían ganado a pulso su ascenso profesional. O, al menos, así se lo iban a explicar a los congresistas. Él, Ángelo, era hijo de inmigrantes, y Stan era nieto de esclavos, su padre fue jornalero del algodón al que ayudaba en su infancia recogiendo algodón y maíz. Y Charles había sido el primero en su familia en lograr un título universitario. Habían llegado hasta allí con su trabajo, les acababan de echar por los malos resultados de sus compañías y ahora se escandalizaban por unas indemnizaciones que eran habituales en el mercado. Aunque él había anunciado que renunciaba a esa indemnización.
Cabezas cortadas
Ángelo R. Mozilo ha sido primer ejecutivo de Countrywide Financial, una de las empresas hipotecarias más afectadas por la crisis subprime, que ha reducido su plantilla en 11.000 trabajadores desde julio de 2007, cuando estalló la crisis. A Stanley O’Neal le echaron de Merrill Lynch tras sufrir unos fallidos de 10.300 millones de dólares. Y Charles O. Prince dejó Citigroup, el que hasta entonces había sido el mayor grupo bancario del mundo, con una pérdida de valor de mercado de 64.000 millones de dólares.
El Congreso de los Estados Unidos, la Cámara del pueblo, se agita cuando llegan los tres con los comentarios indignados de varios congresistas por las altísimas retribuciones de estos tres ejecutivos, y tantos otros no convocados, mientras norteamericanos de a pie pierden sus empleos y sus casas. Sin embargo, así era el sistema que defendían desde sus escaños.
¿Qué está pasando ahora? Una nueva corriente de opinión empieza a recorrer el mundo desarrollado. Después de años, incluso décadas, donde no había ejecutivo que se preciara que no negociara su contrato con un blindaje a ser posible estratosférico, empieza a ser motivo de escándalo que se despida a uno de los amos del universo, como los definió Tom Wolfe, con el bolsillo lleno mientras deja la empresa hecha unos zorros. Claro que los que se escandalizan ahora son los políticos, porque los trabajadores llevan mucho tiempo haciéndolo.
Hay aún algo más grave y es que en las grandes empresas, los despidos de cientos o miles de trabajadores se hacen con el fin de mejorar la cotización de las acciones. Éste es el sistema: si despides, sube la acción.
Por no perder la perspectiva, hay que recordar que, en España, a los trabajadores con contrato indefinido les corresponden 45 días de sueldo por año trabajado y para los que están dentro de la modalidad de fomento de la contratación indefinida son 33 días por año trabajado. Suponiendo un buen sueldo, de unos 60.000 euros al año, le corresponderían alrededor de 7.400 euros por año trabajado de indemnización. A los tres convocados en el Capitolio les corresponden millones. Y se comprueba que siempre hay un doble rasero para medir. A los altos ejecutivos y a los simples empleados. En Toyota, un ejecutivo gana veinte veces más que un empleado. ¿Cuántos ejemplos más podríamos poner?
Lo diferente en estos días es que empiezan a oírse voces renombradas escandalizándose por una vez de lo que llevamos años contemplando. En España no se ha dicho nada todavía, pero en Alemania políticos socialdemócratas y democristianos han criticado los altos sueldos de los grandes ejecutivos de empresas que están anunciando reducciones de plantilla a miles. Y en muchos casos a pesar de obtener beneficios.
No lo pudo decir más claro el presidente del SPD (partido socialdemócrata alemán), Kurt Beck: “Cuando los ejecutivos son enviados a casa con indemnizaciones millonarias después de haber fracasado en forma estruendosa, puedo entender muy bien que la gente tenga rabia”. Y la canciller Angela Merkel, calificó como “obscenas” las millonarias indemnizaciones que recibían los responsables empresariales después de haber fracasado en sus respectivas gestiones. Eso socava la confianza en el equilibro social, a juicio de Merkel, que ha advertido del peligro de estallido social.
En Francia, desde Sarkozy hasta Ségolène Royal, el ultraderechista Le Pen o la líder comunista Marie-Georges Buffet han criticado que el que era presidente de Airbus y copresidente de EADS cobrara 8,5 millones de euros al abandonar el cargo, sobre todo porque lo dejó por los retrasos que acumulaba el nuevo avión A380 y la pérdida de competitividad que eso representaba respecto a la rival Boeing. Por cierto, que Airbus prevé reducir 10.000 empleos.
Y, al final, resuena entre las estatuas del Capitolio la pregunta del demócrata Henry Waxman: “Cuando las empresas no tienen buenos resultados, ¿deben dar millones de dólares a sus altos ejecutivos?