Opinión
Doctor Moreau S.A.
Por Ciencias
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear, Universidad de Sevilla
Hace ya más de 100 años los injertos de tejido vivo y las transfusiones tenían fascinados a los médicos: hacían entrever la posibilidad de trasplantes de órganos. El público, por su parte, se asustaba con la novela de H. G. Wells La isla del doctor Moreau. El siniestro vivisector aislado producía artificialmente, completando sus técnicas con espiritismo e hipnosis, seres infrahumanos a partir de animales. El hombre-buey-cerdo y una mujer-puma-perro (la que afortunadamente acabó con él) formaban su galería de horrores. Hoy los transplantes de órganos entran en los protocolos de todos los hospitales y nos han deparado sólo dicha y ningún espanto.
Se Podría decir que la clonación de la oveja Dolly hace unos años y el procedimiento de manipulación de células madre nos llevan un siglo después a una situación parecida. Es posible. Sin embargo, sostengo que hay un aspecto social completa y esperanzadoramente nuevo. El control genético puede dar pie a curar enfermedades resistentes a la medicina general y a la cirugía, aunque también puede abrir el camino para crear descendientes de las criaturas del doctor Moreau. Aún falta mucho para encarar esta segunda etapa y se pueden presentar dificultades insalvables. Además, un ser humano clónico nunca existirá, es decir, no será idéntico ni a lo proyectado en el laboratorio ni a sus progenitores. Si además hacemos intervenir los decisivos factores educativos y circunstanciales, un ser clónico sería cualquier cosa menos lo teóricamente previsible. El problema de tal ser humano lo tendría esencialmente él mismo. ¿Cómo se explicaría no ser único, haber sido diseñado por no se sabe quién y averiguar qué diablos pinta entre los vivos? Si el pobre no terminaba suicidándose, acabaría majareta.
Lo esperanzador es que la clonación ha hecho que la ciencia provoque un debate político serio, cosa inusual. A diferencia de otras veces, el público está informado, porque muchos periódicos y otros medios ilustran de manera tan amena y rigurosa lo básico de los experimentos que hacen que cualquier persona los comprenda. Por eso lo optimista es que el pueblo soberano pueda formarse su propia opinión y tenga la posibilidad de expresarla, aunque sólo sea con su voto. Lo inquietante sigue siendo, por supuesto, la injerencia religiosa y la de los charlatanes, pero sobre todo la fuga del marco político que representan los intereses económicos de las multinacionales, cuyo poder es singular en la historia y llega ya a unos límites temibles. Sospecho que en este siglo nos deben provocar más inquietud las futuras Corporaciones Dr. Moreu S.A., con científicos desmadrados en sus plantillas, que, por ejemplo, los obispos. Que el pueblo y sus representantes legítimos superen el papel de espectadores ante la ciencia es lo verdaderamente decisivo.