Opinión
Durmiendo con el enemigo
Por Manolo Saco
De vez en cuando recibo alguna carta que, en lugar de debatir en el plano de las ideas (recordad mi lema: no existe ni una sola idea que no se pueda poner en duda, incluida ésta) se dedica al insulto personal. Me dice mi hijo que en el lenguaje de la Red se os conoce como Trolls (si queréis ver caña de la buena podéis entrar en el blog de mi hijo https://www.saquito.net; creo que esto se llama nepotismo). La mano que mece este blog, siempre vigilante, se encarga de eliminar inmediatamente los insultos más gruesos, no por mí, que estoy curado de espantos, sino como una deferencia hacia la integridad de vuestro buen gusto. En estos tiempos de discriminación positiva podríamos decir que se trata de una censura positiva.
En cualquier caso, a los que buscáis vuestro momento de gloria con el insulto quiero deciros que os necesito, que, aunque os cueste creerlo, dais sentido a mi vida. Es bueno saber que hable de setas, de moda, o de vuestros dioses y banderas, vosotros estaréis ahí, de guardia, contestándome oportunamente, vertiendo vuestros comentarios crueles con el único fin de salvar a la humanidad de gente como yo. Os admiro. Pongo a vuestro dios por testigo de que os admiro. Os confieso que soy incapaz de ir a misa a escuchar a los talibanes que pueblan vuestros púlpitos, sintonizar las radios golpistas, leer prensa reaccionaria y fascistoide, es decir, ese alimento cotidiano que nutre vuestras almas y os hace sin duda mejores, más inteligentes, más cultos y más buenos ante él. Y no lo hago, entre otras cosas, porque me lo ha prohibido el médico: me va fatal para la tensión. De veras que os admiro. Entrar todas las mañanas o cada martes en territorio enemigo, a leer argumentos peligrosos que os podrían hacer perder la fe en vuestro partido o en vuestro dios, es todo un ejemplo de arrojo y sacrificio. Vuestro valor me recuerda al de los censores que debían tragarse lecturas impías, cuando no pura pornografía (la pornografía la leían con una sola mano), con el riesgo cierto de un futuro en la hoguera eterna, poniendo generosamente en peligro sus almas por la salud de las nuestras. Yo no puedo corresponderos porque, como bien sabéis, además de tener la tensión alta soy un cobarde, pero os agradezco que continuéis vigilantes. Dais sentido a mi vida de perdedor, como yo enriquezco la vuestra, para que acumuléis méritos ante ese dios que tanto os acojona. Pero antes decidme con el corazón en la mano, ¿me leéis para hacer méritos ante él, o es simplemente una enfermedad morbosa de vuestras almas?