Opinión
Sin final feliz para el enfermo
Por Amparo Estrada
Cada vez tengo más claro que no entiendo nada de Economía. Es obvio que la situación está más que difícil, casi como nunca ha estado en los tiempos modernos. Viendo la solución de los gobiernos al estado actual de las cosas, me acuerdo de un capítulo de House en el que la doctora Cameron exclama totalmente horrorizada: “¡Pero si haces eso, lo matarás…!”. Y House, con su tranquilidad e ironía habituales, contesta: “Tal vez, pero si no lo hago, el paciente morirá igual, aunque tardará más. Así que si muere, ganas tú; si vive, gano yo”.
Resulta que el viernes pasado, el Ibex 35 sufrió la mayor caída de su historia, al igual que Wall Street, los demás mercados europeos, Asia… Un desastre total, peor ya no se puede estar… hasta la próxima. Esas caídas indican –según hemos publicado todos– que la gente que invierte en bolsa no confía en los planes de los gobiernos occidentales de poner toneladas de dinero (de nosotros) para salvar bancos, algunos, y para que vuelvan a dar créditos, otros. Y sacar toda la pasta que tenían en la bolsa, vender y vender, ha sido la reacción masiva, provocando la debacle… No había ministro de Economía, ni gurú ni intermediario que pudiera prever esto hace un año.
La actividad económica es un organismo vivo, el sistema financiero es su corazón y el dinero, la sangre que circula por él. Si el consumo se retrae y encima no hay créditos, el organismo se paraliza. Por eso, el Gobierno ha decidido inyectar hasta 50.000 millones de euros en bancos y cajas. No es que la medida vaya en mala dirección. La duda es si será suficiente para que los créditos lleguen a pymes y particulares: primero, porque la desconfianza que hay entre los bancos persiste y, segundo, porque bancos y cajas tienen que devolver más de 100.000 millones de euros de aquí a finales de 2009. La bolsa ni se inmutó con la aprobación de este fondo. Al contrario, registró su mayor caída histórica.
Pero ¿debe entrarnos el pánico por el hundimiento de la bolsa? Como no entiendo de economía –de Economía con mayúscula– voy a hacer un pequeño cálculo de economía, con minúscula. Es una analogía muy grosera entre un inversor y un asalariado. No tiene matices, pero puede servir para entender algo más.
El caso del inversor: el Ibex 35 nació en enero de 1992. En octubre de ese mismo año (elijo octubre para comparar con octubre de 2008) se registró su cotización histórica más baja en promedio mensual: 1.873 puntos. En octubre de 2007, el índice alcanzaba los 15.890 puntos. Es decir, quien metió 100.000 pesetas en la bolsa española en 1992, en su punto más bajo, quince años más tarde tenía 748.000 pesetas (olvidémonos del euro para mantener la comparación). Pero el viernes pasado, en octubre de 2008, esas 748.000 pesetas, con el Ibex desmoronado en los 8.997 puntos, se habían convertido en 380.000. O sea, que el inversor ha perdido en un año 368.000 pesetas, pero ha ganado 380.000 respecto a 1992 (sin descontar la inflación).
El caso del asalariado: en octubre de 1992, el mismo mes de menor nivel histórico el Ibex 35, supongamos un sueldo mensual de 100.000 pesetas. En octubre de 2008, el mismo mes de la mayor caída bursátil jamás habida, su sueldo es de 162.500 pesetas si le ha subido el salario conforme a la inflación acumulada desde 1992, dado que el IPC es la referencia de la mayor parte de los convenios.
Es decir, el valor de las empresas para las que trabajan esos asalariados subió un 748% –al 50% anual– entre 1992 y 2007–. Y en octubre de 2008 la tasa se ha reducido de golpe al 380% –el 24% anual (debe ser duro)–. En esos mismos períodos, los sueldos subieron un 58,6% hasta 2007 y un 62,5% hasta 2008. A pesar del tremendo batacazo bursátil, el valor en bolsa ha subido seis veces más que el sueldo.
De esta comparación tan rudimentaria, deduzco que sí es muy duro, durísimo, perder en semanas la mitad de la enorme rentabilidad acumulada durante década y media, especialmente si antes ya te lo has pulido todo porque contabas con esas plusvalías latentes. O peor, si has invertido dinero prestado que ahora tienes que devolver.
Pero el problema no es solo que pierdan los inversores (la mayoría, grandes fondos gestionado por financieros ambiciosos). Lo trágico es que esa sensación de pánico bursátil nos empuje a todos, ricos, menos ricos, los del medio y los pobres, al mismo abismo: las grandes empresas cotizadas, para mantener el mismo nivel de rentabilidad al que se han acostumbrado durante los tiempos de exuberancia, o por lo menos a no bajarlo, reducen costes, despiden gente, estrangulan a los proveedores más pequeños (pymes y empresarios autónomos) …
Así que la cosa pinta mal, como a House cuando tenía que amputarle la mano a un paciente y le dijo: “¿Quieres un final feliz? Lo siento, no tenemos”. Al menos, que el paciente no se muera.