Opinión
De guerras y hambre
Por Ciencias
DE AQUELLOS POLVOS // JUAN SISINIO PÉREZ
* Catedrático de Historia en la Universidad de Castilla-La Mancha
La insistencia en los hechos violentos de la historia crea una memoria colectiva que pareciera que no es patriótica si no está regada con sangre. A más muertes, mayor patriotismo. Este año lo hemos vivido con motivo del bicentenario de 1808. Los actos de armas se elevan a momentos de epopeya patriótica. Se transforman en fetiches intocables las fechas de las batallas. Por supuesto, se recuerdan los muertos, pero sólo los de un bando, los del nuestro. Los del bando contrario se olvidan o son un simple número en la trastienda de la historia. Hace tres años se conmemoró la batalla de Trafalgar. Se recordaron los héroes muertos. Nelson por los ingleses y Churruca, Gravina y Alcalá Galiano por los españoles. Apenas se dijo que hubo 5.000 muertos, la mayoría, franceses. Y que más de 1.000 españoles heridos fueron reclutados para enfrentarse a la flota más preparada y potente de la época. El general Mazarredo escribió: “[...] llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la mar”.
Con el motín del 2 de mayo ocurre otro tanto. Como con la guerrilla contra Napoleón. Se mitifica, pero no se cuenta que aquellas gentes del pueblo vivían en el borde de la miseria, que tenían una esperanza de vida de sólo 33 años y que su estatura media apenas llegaba a 1,50 metros, frente a la de los mamelucos, que medían 1,72 como mínimo. De hecho,
en Madrid no volvieron a levantarse más. El hambre pudo con el heroísmo.
Como en la guerra de Cuba, a donde se enviaron 200.000 soldados y murieron más de 44.000. Poco más de 3.000 en combate o por heridas, mientras que más de 41.000 por hambre, con una galleta agusanada al día; por cansancio, sin tiempo para dormir; y por las subsiguientes enfermedades, sobre todo, "por el vómito". Así murieron por la patria.