Opinión
‘Jingle brains’
Por Ciencias
-Actualizado a
ÁTOMOS CARGADOS // JAVIER YANES
Quizá sea por la tradición anglosajona, tan ligada al árbol de Navidad, que los científicos de aquellos países se pirran por la fMRI, una técnica de estudio cerebral que hoy gasta más tinta en las revistas del ramo que los tatuajes de toda la selección española de fútbol juntos.
El método consiste en lo siguiente: embútase a un sufrido voluntario en un sarcófago de chapa extremadamente sofisticado; sométasele a toda clase de absurdos estímulos, desde la foto de una gogó hasta el dibujo de un trilobites poniendo una lavadora; enciéndase la pantalla y anótese qué partes de su cerebro parpadean. Por último, elucúbrense conclusiones que hagan un titular gracioso: si la sonrisa de un bebé enciende los centros de recompensa de una mujer, es que actúa como una droga para ella. Si la imagen de Obama no dispara una tormenta de fuegos artificiales, es que los electores lo perciben con indiferencia (esto último fue así divulgado nada menos que por el New York Times).
Debe aclararse que esas lucecitas corresponden al bombeo de sangre, pero el cerebro no es un cuerpo cavernoso donde la sangre se lanza al montón, para sostener un órgano en voladizo, como ocurre ya sabe usted dónde. Nuestro conocimiento del cerebro aún equivale al de aquellos mapas ptolemaicos de la terra incognita.
Ante el despiporre de fMRI que invade la prensa especializada, Nature y Science han reaccionado con artículos que alertan sobre la alegría con la que muchos encienden ese árbol navideño y lo interpretan con la partitura que les regurgita la digestión. Tanta lucecita ya cansa.
Querido Santa Claus: seré bueno, pero no repartas más cacharros de esos, por favor.