Opinión
Juicio final
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
Lo del Juicio Final tiene que ser un engorro. ¿Se imaginan? Una balanza finísima (propia de un dios), con dos platillos que se van cargando de buenas y malas acciones hasta inclinarse, inexorable, a uno de los lados. Justo o injusto, sin medias tintas. Tal vez haya casos fáciles (¡qué sé yo! Bush, por ejemplo), pero en la gran mayoría el juez ha de tenerlo complicado. Ahora bien, no nos engañemos, es altamente improbable que vivamos tal situación. En cambio, todas las personas generamos una imagen hacia fuera, y en el caso de las personalidades públicas esa imagen llega a convertirse en sentencia de una especie de juicio final para ellas. “La historia le juzgará”, solemos decir de alguien, reconociendo que con el tiempo acabará quedando de él la percepción de que fue bueno o malo, magnánimo o cruel, compasivo o egoísta. Esas asignaciones deben ser, casi siempre, una simplificación.
Vuelve a hablarse mucho de la enseñanza o no del evolucionismo y el creacionismo en las escuelas, un debate que parecía superado. A propósito de ello, he recordado a William J. Bryan, un político americano en la frontera entre los siglos XIX y XX, al que Stephen J. Gould dedicó hace tiempo un pequeño ensayo. La sentencia del juicio a Bryan por la opinión pública ha resultado negativa: se le tiene por un hombre reaccionario muy influyente, pues encabezó la iniciativa de prohibir la enseñanza de la evolución en los colegios americanos. Aún lo estamos pagando. Es más, Bryan fue acusador en el famoso juicio de Tennessee en 1925 contra Scopes, un joven profesor que enseñaba evolución humana. El caso motivó una obra de teatro y una película, y en ambas Bryan aparecía como un majadero fundamentalista bíblico.
El peso de los actos de Bryan en el otro platillo de la balanza, sin embargo, no es baladí. Fue un político progresista, que impulsó medidas a favor de los trabajadores, trató de poner freno al capitalismo salvaje de las empresas de su tiempo, impulsó el voto de la mujer, etc. Es más, fue su empeño en salvaguardar a los débiles el que motivó su cruzada antievolucionista. En la época de Bryan la selección natural era el argumento que utilizaban los poderosos para justificar la jerarquía social y la explotación de los “menos eficaces”, y también el que sustentaba la limpieza étnica de los fascismos incipientes, y el de los que preconizaban la eugenesia y la esterilización de los “inferiores” para evitar la “evolución negativa” de la especie humana. Bryan luchaba contra todo eso, y su pecado fue ignorar que aquella interpretación del evolucionismo era errónea. ¿Merece por ello la condena en su particular juicio final? ¡Qué difícil ser balanza!