Opinión
La ley natural
Por Ciencias
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
Dicen que dice la reina que la ley natural está por encima de las leyes promulgadas por los hombres. Y si no lo dice ella, lo dicen algunos de los que la defienden... o atacan: a veces no está claro si sus paladines pretenden justificarla o desprestigiarla. La propia expresión “ley natural” es, más que equívoca, tramposa, pues formalmente es muy similar a “leyes de la naturaleza”, y esas sí que son previas a lo que podamos decidir los simples mortales. El poder legislativo puede cometer y comete todo tipo de barbaridades, pero por más que se empeñe no puede promulgar una ley que vaya en contra de los principios de la termodinámica o de las leyes de Newton. Sin embargo, la supuesta ley natural es una pura entelequia: más que equívoca o tramposa, es una contradicción in términis, pues la ley, en el sentido jurídico de la palabra, es artificial por definición, y se establece precisamente para regular lo que la naturaleza no regula.
No menos contradictoria es la expresión “moral natural”. Como dice Bertrand Russell, las cosas no son buenas ni malas: las
cosas son así. Para que algo se pueda calificar de bueno o malo –es decir, para establecer un juicio moral–, hay que remitirse a una escala de valores. Y en la naturaleza no hay valores intrínsecos, apriorísticos: hay procesos más o menos eficaces en función de determinados objetivos, que en principio no son ni buenos ni malos, sino sencillamente así. Pero como el ser humano forma parte de la naturaleza y sus pulsiones básicas –hambre, sexo, miedo– están determinadas biológicamente, es fácil caer en la tentación de buscar en la biología la “ley natural” de la conducta humana. Por ejemplo, puesto que las especies sexuadas se aparean para procrear un macho y una hembra, algunos –y algunas– sostienen que la única unión natural es la de un hombre y una mujer.
Además de contradictorio (puesto que el ser humano lo es precisamente en la medida en que no es esclavo de los condicionamientos de la naturaleza), este naturalismo moral es extremadamente peligroso. Pues si en la naturaleza hay una ley sólidamente establecida, es la de la supervivencia del más apto. Lo natural es que sólo sobrevivan y se reproduzcan los fuertes, y que los viejos, los enfermos y las crías más débiles sean abandonados a su suerte o eliminados sin contemplaciones. Debería ser motivo de reflexión el hecho de que, en los últimos tiempos, los más entusiastas seguidores de esa “ley natural” que invocan las testas mitradas y coronadas, hayan sido los nazis.