Opinión
El milagro de la Luna
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla
La Luna es tan singular como lo son casi todos los objetos del sistema solar, pero para nosotros, modestos observadores terrestres, lo es aún más. Por lo pronto, es el mayor satélite de la cohorte solar respecto a su planeta. Para castigo de astrónomos, porque cuando señorea la noche no deja escudriñar casi nada más, es el cuerpo más brillante. Y eso que no tiene luz propia, sino que simplemente refleja la del Sol. Tiene el mismo tamaño angular que este, lo que provoca eclipses totales, fenómenos de poco provecho y mucha lindeza. Nos muestra sólo una cara, aunque los giros del planeta y su satélite junto a la ligera excentricidad de las órbitas nos permiten observar el 59% de la Luna y no sólo la mitad que exhibe en un instante determinado. Esta sincronía de giro en torno a sí misma y alrededor nuestro la provocó la Tierra al generar mareas en la Luna primitiva cuando aún estaba en estado pastoso y ardiente. Las que origina ella en los océanos de la Tierra hacen que se separe de nosotros a razón de casi cuatro metros por siglo y que su giro se refrene. Dentro de muchísimos siglos, la Tierra y la Luna quedarán encaradas mostrándose la misma faz una a la otra. Sin embargo, el mayor milagro de la Luna fue su formación.
La mitad de las estrellas, más o menos, forma sistemas dobles (dos estrellas ligadas por la gravedad) y la otra mitad está acompañada de planetas. La materia de estos se desgajó de la estrella primigenia y se fue acumulando hasta formarlos. Pero la órbita de un planeta como la Tierra en torno al Sol tiene una peculiaridad notable: en cinco puntos se anulan los efectos de la gravedad. En uno de ellos se fue acumulando también material por sí mismo sin la influencia gravitatoria del Sol y la Tierra. Llegó a formarse otro planeta de buen porte al que se llamó Tea, que en la mitología griega era la titánica madre de la diosa lunar Selene. Cuando la masa de Tea creció más allá de cierto límite, escapó de su plácido punto y su trayectoria se hizo caótica. El encontronazo con la Tierra, a 40.000 kilómetros por hora, se hizo inevitable y de tal cataclismo surgió la Luna.
La singularidad de la Luna siempre ha hecho que le atribuyamos poderes mágicos y milagrosos, no siendo casualidad que su periodo se asocie a la menstruación, su esplendor a la locura y su belleza a la poesía. Sin embargo, nada hay más portentosamente original en los objetos celestes de todo el cosmos que unas pequeñísimas alteraciones de la superficie lunar: las huellas que dejaron en ella doce hombres. ¿Será el primero o el único mundo de ahí fuera que visitemos?