Opinión
Nafglari
Por Espido Freire
Los precios han subido dos décimas más. Las hipotecas se encarecen de nuevo. El Banco de España revisa sus previsiones, y se sospecha que las fijará a la baja. En los portales de las grandes ciudades proliferan los carteles que anuncian pisos en venta por semanas, meses. Otros se alquilan, con la misma lenta paciencia que antes no existía a la hora de ofrecer una casa. Las subastas a la baja, algo iné-dito, han llegado a España. La sala estaba llena de promotores, que ofrecían las viviendas incluso a un veinte por ciento bajo el precio oficial. Los políticos regresan a sus oficinas y a sus carteras, y habrá que dar ahora respuesta a las amenazas de crisis, o a su negación.
Los mitos originan extraños comportamientos, o quizás los explican. Los antiguos nórdicos, que habían trazado un complejo ritual para explicar el fin del mundo, el Ragnarok, incluían en él que zarparía un barco llamado Nafglari, que habría sido confeccionado, con infinita paciencia, con las uñas de los muertos.
Así, cualquier ciudadano amante de la vida cortaría las uñas a sus parientes difuntos, en un intento de retrasar lo inevitable.
Lo inevitable se ha intentado retrasar durante años con el infantil recurso de mirar hacia otro lado. Los tímidos avisos que daban voz a la preocupación española por la burbuja inmobiliaria no llegaban más que sotto voce al ciudadano, al que se le había convencido de que no habría nunca nada parecido. España se asentaba sólidamente en su vivienda, y su vivienda en sus promotores, y sus promotores en sus ayuntamientos, y ¿desconfiaríamos a estas alturas de los ayuntamientos?
Se han escuchado ahora voces que dicen, como excusa vengativa, que durante muchos años se ha vivido muy bien. Sería algunos. Los jóvenes universitarios, a los que no se ha dado voz en años, han sabido lo que era resignarse a sueldos magros y viviendas compartidas. Ellos, que no han importado por tanto tiempo, callados, detectaron, quizás los primeros, que zarpaba ya el barco de los muertos.