Opinión
Un país a la parrilla
Por Juan Carlos Escudier
Ajeno a esa prudencia que aconseja no vender la piel del oso antes de cazarlo, en el PP ya no se discute a qué precio nos colocará la alfombra sino el número de tiendas que tendrá su cadena de peleterías, tal es su confianza en el triunfo en las elecciones del 20-N. En las últimas entrevistas y fiel a su costumbre, Rajoy no suelta prenda sobre qué haría si llegase a la Moncloa, aunque está tan seguro que la ola le depositará en sus playas que no tiene empacho en hablar sobre cómo será su vida en el Palacio y hasta del papel que desempeñará su esposa, una mujer a la que define como discreta a más no poder y que, a su juicio, evitará con su comportamiento alterar la vida de sus hijos.
El del PP sabe del poder que tiene la tendencia, algo que funciona en la moda como un reloj suizo. ¿Por qué si vemos por la calle a un grupo de personas con pantalón de campana estamos seguros de que van a un fiesta de disfraces o son figurantes de Cuéntame? Pues porque la tendencia desde hace 30 años es que la gente muestre sus zapatos y no los oculte dentro de la pernera. Así, salvo inesperado y radical cambio de look político, los populares están convencidos de que esta temporada se llevará el azul y los jerséis de pico de Lacoste, no ya puestos sino extendidos sobre la espalda.
La corriente es tan fuerte que haría falta un milagro para que Rubalcaba en plan Moisés pudiera atravesar victorioso las aguas de un Mar Rojo muy descolorido de un tiempo a esta parte. Y a la hora de cruzar resulta normal que algunos dirigentes prefieran no hacerlo, que diría el escribiente de Melville, por mucho que se les compare con ratas que abandonan un barco que se hunde, como ha hecho Chaves con Bono en una clara demostración de lo sutil que es su oratoria.
Por primera vez en mucho tiempo a los votantes de los dos grandes partidos no se les promete el cielo. Se les pide que opten por el infierno que les resulte más acogedor. Y aquí el PP lleva ventaja porque son muchos los achicharrados por los socialistas que han perdido el miedo a que llegue Mariano con el soplete. Del calor que vamos a pasar ni les cuento.