Opinión
Palabras de Julia
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear. Universidad de Sevilla
Por una vez, y prometo al lector que no servirá de precedente, contaré en esta columna una historia personal. Mi madre es muy mayor y visita el hospital con frecuencia. Una de las últimas veces tuvo de compañera de habitación a Julia, una señora tan sevillana y vieja como ella.
Cuando visité a mi madre, tras los besos y las flores acostumbrados, me presentó a Julia. Ella me sonrió muy levemente y, con el descaro permisible a la vejez, le preguntó a mi madre, que no a mí, “y éste, ¿a qué se dedica?” Mi madre, con una sorna que cada vez me parece más jocosa, le largó la retahíla de catedrático de tal y cual. Julia, entubada por la nariz y las venas, me miró de arriba abajo con el ceño fruncido y, llena de desconfianza, le espetó a mi madre: “¿Pues sabes lo que te digo? ¡Que eso no puede ser bueno!”.
En mis visitas cotidianas, y sobre todo para congraciarme con Julia, a la cual no visitaba nadie, empecé explicándoles que la física nuclear no había por qué relacionarla sólo con las bombas atómicas y las centrales nucleares. Continué argumentando que allí mismo, en el hospital, muchas de las cosas que les hacían a ellas estaban basadas en el conocimiento de los átomos y los núcleos atómicos: la resonancia magnética, el PET, el TAC, la radioterapia, etc. Aquello las dejaba indiferentes, pero una tarde descubrí que cuando les hablaba de las estrellas, a las señoras les brillaba la mirada.
Creo que cuando mejor se lo pasó Julia fue cuando le conté lo de la sangre. Señalando uno de los tubitos enchufado a su muñeca, le pregunté si sabía por qué su sangre era roja. Porque en la hemoglobina, la molécula reina de la sangre, había un átomo de hierro. ¿Y qué? Pues que ese hierro sólo se pudo fabricar en el interior de una estrella moribunda.
Tras el Big Bang se sintetizaron sólo los elementos muy ligeros. Fueron las reacciones nucleares que hacen brillar las estrellas las que produjeron los elementos más pesados. Las estrellas muy grandes llegaban incluso a producir hierro, y cuando morían, expulsaban toda su riqueza al exterior. Esta vagaba como una nube por el frío espacio interestelar hasta que colapsaba dando lugar a una nueva estrella como, por ejemplo, el Sol.
De esta se desgajaban hilachos de material caliente y enriquecido que terminaban siendo planetas. En alguno de ellos se generaba la vida y ciertos seres tenían sangre a la que le daba el color el átomo de hierro cocinado en una estrella lejana.
Estas historias le gustaron tanto a Julia (mi madre está más acostumbrada a ellas) que sentenció: “Con esas chichiflautas no le quitaréis el hambre a los negritos, pero es preferible que los políticos se gasten el dinero en ellas que en guerras y lujos”. Antes de ayer me dijo mi madre que Julia había muerto. Quizá afrontó la muerte con un destello de ilusión pensando en las estrellas. No sé.