Opinión
Paseando bajo la bóveda celeste
Por Manolo Saco
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Agosto ha comenzado en Galicia, donde me encuentro, con eso que los veraneantes llaman “mal tiempo”. Ese mal tiempo que pinta de verde perenne el paisaje gallego, que llena de agua los ríos, que a su vez depositan en las rías los nutrientes que hacen del marisco de nuestras costas un manjar único. Según vaya avanzando el cambio climático quizá lleguen a comprender algún día en qué consiste exactamente “el buen tiempo”.
Por la noche las nubes se apartaron lo suficiente para dejar colar a ratos un cielo estrellado. Paseando con mis vecinos, armados de linternas y palos por miedo al jabalí (tan nochero, él) íbamos filosofando sobre la gran mentira de las luminarias del universo. Excepto los planetas, que están a distancias todavía comprensibles por un cerebro no demasiado entrenado en las medidas siderales, la más cercana de las estrellas se encuentra a billones de kilómetros, a años luz de la Tierra. Millones de kilómetros, años luz. Me lo tengo que repetir varias veces para hacerme una leve idea de cuánta distancia es eso de millones de kilómetros.
Filosofábamos, mientras caminábamos a tientas con un ojo en la bóveda celeste y otro en los caminos del jabalí, sobre la falsa existencia de muchas de las estrellas cuya luz veíamos, aunque quizá hayan dejado de existir hace miles y miles de años, sustituidas por otras cuya luz todavía no ha tenido tiempo de llegarnos. A mis paisanos les cuesta comprender que el sol que ven por el día es el sol… de hace ocho minutos. No os digo nada lo que piensan de mí cuando les digo que muchas de esas estrellas que están viendo puede que ya no existan desde hace miles de años.
“Como lo de la gasolina”, sonó la voz de uno de ellos en la oscuridad. “Cuando baja el petróleo no se nota la bajada del precio de la gasolina hasta varios días después”.
Si en aquel momento aparece el jabalí no me quedo menos acojonado.