Opinión
Perder la cabeza
Por Varios Autores
YO TAMPOCO ENTIENDO NADA // CAMILO JOSÉ CELA CONDE
lA fundación Clásicos de Weimar, que debe tener pocas cosas en las que entretenerse, ha aireado la noticia de un fracaso: el de la tarea de identificar el cráneo de Friedrich Schiller, el filósofo y literato alemán, amigo de Goethe, entre los restos sepultados en la cripta real de la ciudad de Turingia. Se encargó de la tarea de legitimación un comité internacional de expertos con herramientas adecuadas para el análisis comparado de cráneos.
Medir con el compás de puntas ángulos y distancias, de la glabela al occipucio y vuelta a contar, es tarea propia de la antropología física, por supuesto, pero resulta difícil escaparse a la tentación de hacer memoria de los frenólogos al estilo de Cesare Lombroso y Franz Joseph Gall. Sea como fuere, después de comparar las cifras con las obtenidas del examen de las cabezas de los descendientes de Schiller, los miembros del comité decidieron que ninguno de los dos cráneos hallados dentro de la tumba perteneció al dramaturgo. Es todo un alivio. Peor habría resultado concluir que ambos eran suyos.
Utilidad del cráneo
Las cabezas de los próceres han tenido siempre un cierto morbo aunque sólo sea por aquello de que dentro del cráneo está –o estuvo– el cerebro. Si bien Aristóteles creía que la única función de los sesos era la de refrescar el aire que se respira, hace siglos que, para bien o para mal, identificamos cerebro y pensamiento. De ahí, tal vez, que los estudiantes del University College robaran hace años la cabeza de la momia de Jeremy Bentham, el fundador de la primera universidad laica del Reino Unido cuya figura embalsamada preside uno de los pasillos de la institución. Secuestrar el cráneo es casi como apoderarse del alma -siempre que demos más crédito a la neurociencia que a la cadena de radio episcopal- así que cabría sacar una conclusión benevolente respecto del robo. Los alumnos más fervorosos en el recuerdo del también filósofo Bentham, el padre del utilitarismo, aplaudirían semejante muestra de aprecio.
Cuestión de método
Pero en el fondo, ¿qué más da? Un cráneo se parece muchísimo a cualquier otro, siempre que no ande por la cripta un antropólogo tomando sus medidas. Y si nos confundimos y damos por legitimada a la postre la cabeza que perteneció en realidad a un arriero, no va a caer por eso en pedazos la bóveda celeste. Ni siquiera deberían manifestar disgusto alguno los estudiosos de Schiller. Con cabeza o no; con uno, dos tres o media docena de cráneos en la tumba, sus obras de teatro y sus ensayos filosóficos seguirán igual que estaban.