Opinión
El Pp y el mérito
Por Marco Schwartz
Una de las palabras que gustan mucho a la derecha y que Mariano Rajoy utiliza con fruición en sus discursos es mérito. El presidente del PP pretende erigirse en el paladín de la meritocracia, doctrina según la cual el puesto del ciudadano en la sociedad debe depender en exclusiva de su mérito personal, no de su riqueza, ni de sus enchufes, ni de sus lazos familiares, ni de otros privilegios.
Suena bien. Suena justo. El problema es que el PP debería ser más prudente al hablar de meritocracia. Rajoy quizá tenía méritos como registrador de la propiedad, pero al poder del partido llegó mediante un arbitrario dedazo de José María Aznar. Este, a su vez, dio su gran salto político gracias a un contubernio de cuatro dirigentes que necesitaban un líder de consenso. Ignoro en virtud de qué mérito se mantiene al frente de la Diputación de Castellón Carlos Fabra, a quien Rajoy considera un “ciudadano ejemplar” pese a estar imputado en media docena de delitos. El líder de los conservadores valencianos, Francisco Camps, podría explicar (además de cómo paga sus trajes) qué méritos encontró en la hija de Fabra, Andrea, para enviarla como diputada en el Congreso. ¿Y Villalonga, aquel presidente de la privatizada Telefónica? ¿Tenía otro mérito para encabezar la primera multinacional española que haber sido amigo de pupitre de Aznar en el colegio del Pilar?
Yendo al fondo del asunto, la pregunta es si la meritocracia la verdadera, no el sucedáneo esperpéntico del PP– representa efectivamente un orden social más justo. Michel Young, el estudioso que acuñó el término con su libro El auge de la meritocracia (1959), ya advertía entonces de que el concepto de mérito era problemático y podría desembocar en la constitución de unas nuevas élites arrogantes.
Una literatura más reciente exige revisar el concepto del mérito, del mismo modo que está revisando otros dogmas, como el de crecimiento económico o el de bienestar. En Justicia y mérito, Amaryta Sen pretende que lo que hoy se conoce como “mérito de personas” se transforme en un “mérito de acciones”. En El mito de la meritocracia, Stephen J. McNamee y Robert K. Millar ponen en cuestión el principio del mérito en el terreno de los negocios, al expresar su desconfianza en que el carácter moral y la integridad contribuyan al éxito económico. Seguro que el sumario del caso Gürtel les hubiera ayudado a desarrollar con más rotundidad su tesis.