Opinión
El proceso de humanización (II)
Por Ciencias
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
*Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos
Los humanos actuales nos hacemos adultos (al menos en teoría) cuando cumplimos aproximadamente los 18 años. La primera parte de nuestro desarrollo está definida, entre otros aspectos, por la lactancia y por el crecimiento y erupción de los dientes de leche. Este periodo tiene una duración de unos dos años y medio y de manera convencional se denomina “infancia”. Todos hemos observado como durante ese periodo nuestros hijos casi duplican la estatura que tenían al nacer y, sobre todo, nos sorprendemos con el aumento desproporcionado de su cabeza. El cerebro crece entonces a gran velocidad, especialmente durante los 12 primeros meses de vida.
En todos los primates el final del periodo infantil da paso a un largo periodo juvenil, que finaliza con la madurez sexual y la transición hacia el estado adulto. Sin embargo, los humanos actuales hemos insertado un periodo adicional entre la infancia y la fase juvenil, que los antropólogos suelen denominar “niñez”. La niñez prolonga algunos de los rasgos biológicos característicos de la infancia y su duración es de unos cuatro a cinco años. Los primeros indicios de la prolongación de la infancia se pueden inferir con el estudio de restos fósiles de homínidos del Pleistoceno Inferior, que vivieron en África hace un millón y medio de años. Desde entonces, la duración de la niñez se ha prolongado de manera considerable y en la actualidad no alcanzamos el periodo juvenil hasta los siete u ocho años. Pero, ¿que ventajas puede tener un desarrollo tan largo?, ¿por qué invertimos tanto tiempo y energía en llegar al estado adulto?, ¿por qué los genes que permiten la prolongación de la infancia se han convertido en parte esencial de nuestro patrimonio genómico y de nuestra propia identidad como especie?
La inserción de la niñez en nuestro desarrollo ha sido clave en el impresionante crecimiento demográfico de Homo sapiens. En primates como los orangutanes, los chimpancés y los gorilas, la lactancia (=infancia) puede llegar a durar hasta siete años. Puesto que la prolactina (hormona que estimula la producción de leche materna) inhibe la ovulación, las hembras de estas especies sólo pueden tener hijos en intervalos de seis a ocho años. En otras palabras, el número potencial de hijos que pueden llegar a procrear las madres de estas especies es muy bajo. Si a esto unimos la presión que reciben por nuestra expansión demográfica incontrolada, estos primates están en claro riesgo de extinción. La aparición de la niñez en los homínidos del Pleistoceno Inferior supuso la disminución progresiva del tiempo de lactancia; es decir, las madres de aquellas especies ancestrales pudieron acortar el intervalo entre gestación y gestación y eso incrementó su fertilidad. Los niños se destetaban antes y su cuidado corría a cargo todo el grupo, lo que aumentó el grado de socialización de las especies. Además, una niñez prolongada suponía un tiempo extra para el crecimiento cerebral, un mayor número estímulos y, en consecuencia, un incremento de la inteligencia.