Opinión
El relojero sordo
Por Ciencias
-Actualizado a
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO* PROFESOR DE INVESTIGACIÓN DEL CSIC
No es que quiera referirme a El relojero ciego, la obra de Richard Dawkins, y haya confundido la dolencia. Tampoco, en mi caso, el relojero es una metáfora. Dawkins critica la hipótesis del diseño inteligente aplicando su título a un hipotético creador capaz de colocar cada minúscula (en proporción) pieza en su sitio y lograr que el universo funcione con la precisión de un reloj. Mi referencia es más prosaica. Alude a Leo Lesquereux, suizo, fabricante de relojes, y sordo desde la infancia. Su historia, que he conocido recientemente, me ha impresionado como ejemplo de superación y fe en uno mismo.Lesquereux vivió en el siglo XIX. De familia relojera, ya niño amaba las plantas y escapaba cuando podía a la montaña para recolectar ejemplares raros. A los 10 años se despeñó, quedó en coma por algunas semanas y su sentido del oído fue seriamente afectado. Años más tarde decidió operarse para mejorar y lo perdió del todo. Entonces se vio obligado a renunciar a su profesión (enseñaba francés en un instituto) y sin saber inglés, con mujer y cinco hijos, marchó a Estados Unidos con la pretensión de dedicarse al estudio de las plantas y la geología. Tenía, eso sí, buenos padrinos: era amigo de los Agassiz, incluyendo al director del museo de Harvard.Le encargaron algunos trabajos botánicos y su prestigio creció con rapidez. Lo llamaban de aquí y de allá, le pedían que clasificara materiales, que participara en expediciones, que escribiera memorias. Pronto fue capaz de hacerlo en inglés, idioma que hablaba con extraño acento, pues lo había aprendido sin haberlo oído. Todos lo apreciaban, pero en aquella época ninguna institución científica quería contratar a un minusválido. Para alimentar a su familia, montó un negocio de relojes y enseñó la profesión a sus hijos.En un momento dado, se cuenta que Lesquereux era capaz de mantener una conversación a tres bandas, en francés, inglés y alemán, tan sólo leyendo los labios de sus interlocutores. Fascinado por las plantas fósiles, dedicó muchos esfuerzos a estudiar muestras complicadas, que nadie deseaba. Tras numerosas publicaciones menores, casi octogenario alumbró su Flora Carbonífera, obra en varios volúmenes, con bellas ilustraciones, esencial para el desarrollo de la paleobotánica en América. Hombre de fe, debía estar muy dotado para ver el lado bueno de las cosas: e.g. escribió a Darwin diciéndole que El Origen de las especies le había aclarado el sentido de las Escrituras.