Opinión
Retorno a Villa Certosa
Por Joan Garí
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Algunas veces vuelvo a Villa Certosa. Hay allí un ambiente de sana promiscuidad y nuestro anfitrión, Silvio Berlusconi, insiste en que nos sintamos como en nuestra propia casa. La casa, sin embargo, es propiamente suya. Por aquí han pasado algunos de los hombres más poderosos del mundo, y algunas de las mujeres más bellas. Silvio se crece en la cercanía de estos hombres, les da palmaditas en la espalda, toma impulso sobre sus talones y masculla, ante sus ostentosas erecciones: “Nosotros, los grandes…” Con las mujeres, en cambio, le sale su sonrisa de ratón, las evalúa a media distancia, las devora un poco y luego las escupe. A Patrizia D’Addario, la bella escort, la colmó de atenciones, la tumbó sobre la cama de Putin y le estuvo contando cuentos toda la noche. Era una prostituta, pero él la trataba como a una niña de cuatro años. Patrizia, por si acaso, tenía sus propias armas. Wonderbra, por supuesto, pero también un móvil con cámara y una grabadora (nunca se sabe). Silvio, como si le hablara a la posteridad (eso tampoco se sabe), estuvo explicándole el cuento del orgasmo. Patrizia parecía tan sorprendida como una colegiala y entonces Berlusconi le recomendó que se masturbara a menudo. Claro, claro, dijo ella: se nota que tú sigues al pie de la letra tus propios consejos. Ese ambiente, digamos, es lo que convierte a Berlusconi en un number one. Por eso el Papa, el pueblo, los medios comen de su mano. El secreto es el autoerotismo. Dele usted a la manivela y el mundo seguirá girando. Ah, Silvio: estoy deseando volver a Villa Certosa. Aunque eso, claro, no ocurre todas las noches.