Opinión
Tragicomedia de ‘Clostridium botulinum’
Por Ciencias
MICROBIOGRAFÍAS // JORGE BARRERO
El gran poeta lírico alemán J. C. F. Hölderlin pasó la última mitad de su vida recluido y mudo, aislado en su locura o en una enigmática lucidez. “Largamente muerto y replegado en sí mismo, mi corazón saluda la belleza del mundo”, escribió en esa época. Le acompañaron en su retiro un carpintero y un joven médico, Justinnus Kerner, aficionado a la poesía y a la investigación. Nadie recuerda los versos de Kerner, pero sus trabajos científicos sí se han ganado un espacio en la literatura médica.
Fue el primero que estudió el botulismo, una intoxicación alimentaria provocada por la ingesta de conservas o embutidos en mal estado –botulus significa salchicha en latín–. Años mas tarde se descubrió a Clostridium botulinum, la bacteria responsable de esta enfermedad. Apareció en las sobras del jamón que había envenenando a una orquesta y matado a tres de sus músicos. Irónicamente, acababan de interpretar una elegía en una ceremonia fúnebre.
La toxina botulínica, el veneno de este microorganismo, produce parálisis muscular y mata a sus víctimas por asfixia. Efectos parecidos los causa un pariente de C. butulinum, la bacteria Clostridium tetani.
En el caso del tétanos, la toxina provoca la contracción y parálisis de los músculos faciales en una mueca letal que se conoce como “risa sardónica”. Risas y lágrimas acompañan la historia de este par de bacterias.
Durante la II Guerra Mundial, el ejército nazi diseño un plan para bombardear Londres con bombas v-1 cargadas con toxina botulínica –con menos de un kilo se podría aniquilar a la humanidad–. Al final lo desestimaron, por miedo a las represalias. Al mismo tiempo, la vacuna tetánica, puesta a punto por el ejército de EEUU, salvaba miles de vidas en el campo de batalla. Con la entrada en vigor de la convención de armas biológicas y toxinas, el presidente Nixon canceló –al menos para la galería– el programa de investigación militar con C. botulinum y sus expertos se centraron en los posibles usos terapéuticos del veneno.
Hace cerca de 20 años que dosis mínimas de toxina botulínica se emplean para tratar diferentes enfermedades, entre ellas, el estrabismo y ciertos tipos de tortícolis. Pero además uno de sus derivados, el botox, se ha convertido en el producto estrella de la cosmética mundial, con la ayuda de una campaña publicitaria donde son frecuentes mujeres y hombres sonrientes. Como dejó escrito el propio Hölderlin: “Allí donde está el dolor, está también lo que lo salva”.