Opinión
La tristeza y sus extensiones
Por Joan Garí
Para comprender un poco del misterio del ser humano, sólo hay que echar un vistazo a sus primeros envoltorios. Venimos a este mundo tras el prodigioso encuentro de un espermatozoide y un óvulo y nos fabrican nueve meses de reclusión amniótica en que nos formamos paso a paso, obedeciendo leyes inexorables que la biología puede explicar, pero cuyo sentido final ignoramos. En ese trámite, cuando sólo somos un amasijo de células con un riguroso programa de evolución, estamos expuestos a toda clase de interferencias, y sometidos a los humores del cuerpo que es nuestra nave nodriza. Parece obvio que lo que haga la madre –fumar, beber- pueda tener consecuencias sobre el feto en formación, pero un estudio llevado a cabo por el Erasmus Medical Center de Rotterdam concluye que cuando el padre atraviesa un período depresivo durante el embarazo puede provocar que los recién nacidos se vean aquejados por el llamado cólico del lactante. He aquí, pues, que esos llantos desconsolados sin motivo aparente de muchos bebés pueden tener su origen en la tristeza paterna. Convendrán conmigo que este llamativo descubrimiento abunda en ese extraño haz de influencias que atraviesa, con todas sus misteriosas ondas expansivas, el pequeño proyecto de ser humano intrauterino. Es difícil definir qué somos. Quizá sólo seamos, en el fondo, sismógrafos capaces de detectar cualquier cosa en el ambiente y registrarlo, para bien o para mal. Quizá lo humano sólo es un inventario de perplejidades y esa pueda ser la auténtica excepción en el universo. Si hay vida en otros planetas, falta saber si habrá también tristeza.