Opinión
Un tupido velo
Por Varios Autores
AGUAS HELADAS// LORENZO SILVA
Fátima, Hajar, Samira. Tres muchachas vistas el pasado lunes entre un grupo de un centenar de alumnos de secundaria, en un instituto de Madrid. Las tres musulmanas, las tres sin velo y perfectamente integradas. Más que eso. Sentadas en primera fila, y mostrando con sus preguntas y su actitud un interés por aprender del que muchos condiscípulos aquí nacidos carecen. Expresándose en un castellano limpio de acento y más rico que el de no pocos autóctonos.
A ninguna de ellas hay que ponerle un contrato de integración a la firma, y mucho menos impedirle llevar una prenda que no se pone. No necesitan, por suerte, que nadie las tutele a golpe de prohibición. Otras alumnas musulmanas que hay en nuestras aulas sí llevan el velo. Pocas, salvo en Ceuta y Melilla. Lo que nos proponen es proscribirlo excepto en estas dos ciudades, qué cosa más poco comprensible: si algo es malo, ¿por qué respetarlo donde está más extendido?
Espero que no se prohíba el velo, porque quiero que Fátima, Hajar y Samira puedan seguir absteniéndose de llevarlo tranquilamente, sin que ningún fanático exaltado por la persecución las presione para que se lo pongan al salir de clase. Y porque quiero que las que lo llevan sigan siendo tan pocas como ahora, y puedan un día replantearse el gesto sin que nadie las haga sentirse traidoras a los suyos. Pero si aun así desean seguir con él, déseles la misma libertad que a nuestras monjas. ¿O es que en realidad no se trata del velo?