Opinión
La unidad de España es un mandato divino
Por Manolo Saco
El respeto hay que ganárselo. Y a ese axioma no puede escapar la Iglesia católica. Como toda obra humana, tiene sus luces y sombras, hoy y a lo largo de la Historia. Cierto que unos viven o vivieron en la luz y otros en la sombra de esa milenaria institución. Mi respeto, pues, a los que sienten su religión como un referente para el progreso de la paz, justicia y dignidad de todos los seres que compartimos espacio en el planeta. Y, por supuesto, mi desprecio para los que la utilizan como medio de vida, para sembrar la discordia y la desigualdad.
Ya conocéis la noticia de un cura conocido como “padre Pedro”, párroco de Sangonera la Verde, a quien un numeroso grupo de feligreses acusa de sembrar la cizaña que tanto aborrecía Cristo, clérigo poseedor de un credo ideológico que posiblemente roce el código penal, si no la estulticia. No quiero extenderme en ello, pero para los que no hayáis leído la noticia, este sembrador de evangelios en estado de putrefacción ha dicho desde su púlpito que «los gays son personas que no deben estar en este mundo», o que «la mujer está hecha para servir a su marido para que cuando él llegue lo esté esperando, con la cena puesta», eso sí (y aquí viene lo más grave, a mi entender) «siguiendo la doctrina de la Iglesia».
Eso es justo lo terrible de las religiones, en cuyo seno conviven intérpretes de toda condición intelectual, hasta el punto de que parece haber en su seno distintos dioses a los que adorar y libros sagrados con doctrinas opuestas, aunque parezca que la letra es la misma. Y cuando esos comportamientos van en auxilio de determinadas opciones políticas, resulta ya muy difícil intentar rastrear un asomo de obra divina tras esa “sociedad de auxilio mutuo”. Desde Constantino sabemos que las religiones sólo dan un salto cualitativo en su propagación cuando se alían con el poder. Si entras en Jerusalén montado en un burrillo, no eres nadie. Pero si lo haces en avión privado y al final de la escalerilla te espera un papamóvil y las cámaras de 500 televisiones de todo el mundo, el éxito está asegurado.
Aquí en España, la alianza de la derecha y la Iglesia es ya un mal endémico. Y no le importa cobijar bajo palio a un dictador asesino y golpista con tal de tener asegurada la propagación de su doctrina, en la escuela, en la calle, en la familia, en la judicatura, impregnando toda la estructura social, política y económica. Estos días pasados, en la celebración de un curso de verano de la Universidad CEU-San Pablo de Madrid, tuvimos que escuchar a esa otra Iglesia tan divorciada de los cristianos de base. Se elige para la propagación de su ideología fundamentalista un lugar destinado al pensamiento y la investigación, como es la universidad, y se invita a lo más granado de la derecha a recibir esa doctrina que aplicarán luego sobre nuestras cabezas cuando (dios no lo quiera) gobiernen de nuevo.
En ese marco, el vicepresidente de la Conferencia Episcopal (al que creo bastante alejado del presidente de los obispos colegiados, un hombre de paja al que no le dejan levantar cabeza e imponer un poco de sentido común) soltaba el otro día su calibre grueso doctrinal contra esta sociedad que le ha negado los votos mayoritarios a su derecha tan querida. Para monseñor Cañizares, España "padece grandes males" como “la plaga del divorcio, la mentalidad antivida, o la cultura de la muerte que impide la concepción e incentiva la destrucción antes de nacer”, por no hablar de la perversa legislación que “permite la unión entre homosexuales”. En realidad nada nuevo, nada que se aparte de ese guión obsesivo para una Iglesia cuyos miembros no se pueden divorciar porque no se casan, una Iglesia cuya cultura de la muerte propició la muerte en la hoguera y la tortura de miles de personas, que colaboró en la práctica extinción de los indios descubiertos en América, que calló vergonzosamente ante los hornos crematorios nazis, que tiene que soportar una historia de homosexualidad en seminarios, colegios y conventos abocada, sin duda, por su castidad forzada.
Pero fue Rouco Varela, el ex presidente de esa Conferencia Episcopal, ideólogo en la sombra de la sección ultraderechista que domina la institución colegiada, quien le dio un giro de tuerca más a esa deriva que padecen. En el mismo lugar estaban convocados todos los miembros de la plana mayor del PP, con el otro gran ideólogo, José María Aznar, para recibir la oportuna doctrina del fundamentalista cristiano. ¿Y cual era el pasto ideológico del día? Pues “la unidad de España”, alimento espiritual muy oportuno a dos días del referéndum por el Estatut de Cataluña. Una España unida es, para Rouco, la única que sabe guardar las “raíces cristianas”.
En su alocución/mitin, remachó el clavo de que todos los males que padecemos provienen del “relativismo ético”, es decir, la doctrina que no acepta que la moral sea una norma inamovible en el tiempo, y errónea cuando no procede de la revelación divina. Aquí nada puede ser relativo para ellos: todo está perfectamente compartimentado en el catecismo del padre Ripalda y sucesores. Aznar, Rajoy, Acebes y Zaplana ya cuentan así con todo el corpus ideológico que necesitan para su gran travesía política: la unidad de España es un mandato divino, y no hay otra moral posible que la que tiene su asiento en el confesionario. Así que, ni asignatura alternativa a la de religión, ni bodas homosexuales, ni divorcio, ni aborto, ni nada de follar con condón. Y, por supuesto, abajo los estatutos que tanto irritan la exquisita sensibilidad de su dios.
¡Manda güebos!