Opinión
Venecia (en la cuarta esquina)
Por Espido Freire
Nunca necesitó murallas: los enemigos que desconocían las mareas encallaban en los bancos de arena que rodeaban la laguna. Como carecían de tierras, los venecianos consiguieron en otras lo que los haría ricos. En sus años de esplendor, Venecia albergaba turcos, austriacos, italianos del norte, esclavos africanos y comerciantes judíos, quizás los peor vistos y tratados de todos ellos.
Los colores de Venecia pertenecen a esa gama de tonos desvaídos, macerados, que muestran que la luz los contiene y distorsiona. Ahora, contra esas paredes se recortan razas distintas, turistas complacidos o actores de paso. Hasta que Colón abrió el camino hacia Occidente, Venecia debía su esplendor a las cuatro esquinas del mundo, a sus viajeros y a su exotismo. Ahora lo debe a su pasado, y a la imaginación, que la ha convertido en perla.
Ayer por la mañana, un hombre daba gritos mientras recorría a buen paso la calle Atocha. Mi taxi, parado en un semáforo, era una atalaya de espionaje. “¡El extranjero que robe, fuera de España!”. Se acercaba a cada persona de piel oscura que encontraba para decírselo a la cara e intimidó tanto a una mujer velada con un bebé, que ella bajó la cabeza y se replegó contra una pared, con las ruedas del carrito trastabillando de lado. Algunos estudiantes, que hacían cola frente a una academia, se reían. El hombre no parecía loco: sí furioso, como alguien al que le han arrebatado algo ante sus narices. La mujer velada era jovencísima; no pasaba de los 16 ó 17 años, pero no tenía ya que preocuparse por su admisión o no en un colegio.
Mientras eso ocurría fuera, la radio del taxi me trajo la voz del consejero de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid. Se felicitaba de la falta de guetos dentro de los municipios, y de una realidad pacífica e integrada. Junto con solidaridad, integración se ha convertido en una de las palabras más distorsionadas por las actuaciones políticas contemporáneas. Como en Venecia, contamos con una enorme riqueza en extranjeros, en mentes y en posibilidades. No se ven. Como en Venecia, pero sin su esplendor.