Opinión
¿Viejos e inútiles?
Por Ciencias
ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos
En ocasiones se me ha preguntado por la longevidad de nuestros ancestros. Ante todo es necesario aclarar que en demografía existen diferentes parámetros para estimar las posibilidades de vida de una población, como la esperanza de vida al nacimiento; es decir, la edad promedio a la que, dadas sus condiciones de vida, podrían aspirar los individuos de especies pretéritas en el momento de su nacimiento. Los peligros, enfermedades, infecciones o partos complejos nos llevarían a plantear una esperanza de vida al nacimiento no superior a los quince años para estas especies, como sucede en algunas poblaciones humanas actuales que viven en condiciones muy penosas.
Si hablamos de la longevidad que podría alcanzar un individuo de la especie Homo erectus hace un millón de años, al que hubieran respetado todos los inconvenientes de su azarosa vida, estaríamos hablando de unos 40-50 años, y sinceramente creo que muy pocos llegarían a esas edades. Las evidencias del registro fósil nos hablan de un gran número de individuos fallecidos durante la adolescencia o con edades en torno a los treinta años.
Gracias a la calidad de vida de la que disfrutamos una parte de la población mundial, con buena alimentación, medicinas y hospitales, podemos aspirar a superar los 100 años de vida. No obstante, y salvo excepciones de familias longevas portadoras de genes favorables, la mayoría de los humanos iniciamos un cierto deterioro físico a partir de los 50 años, que se acentúa a partir de los 65-70. Si la vida ha sido tranquila, la alimentación adecuada, las condiciones de higiene apropiadas y somos atendidos por los profesionales de la medicina, podemos aspirar a vivir más años de los que nos corresponderían en la condiciones del Pleistoceno.
Este es un hecho de gran trascendencia para la humanidad, puesto que los individuos tenemos mucho más tiempo para aprender y transmitir experiencia y conocimiento a nuestros hijos y alumnos. Si después de los 50 años seguimos realizando deporte, practicando la lectura, viajando y aprendiendo, nuestros tejidos musculares y el cerebro seguirán activos y reaccionando de manera positiva ante los estímulos recibidos. Así conseguiremos retrasar el deterioro al que antes me refería.
Cuando me llegan noticias de que muchas empresas (especialmente los bancos) realizan pre-jubilaciones a personas de 50 años, pienso en el capital humano que se desperdicia. Llamo la atención a los responsables de la política para que se intente aprovechar este potencial, especialmente en tiempos de crisis.