Opinión
¡Viva el Derecho Romano!
Por Juan Carlos Escudier
El Derecho Romano era más justo que quienes lo aplicaban, y ya recogía a su manera la presunción de inocencia cuando consagró el principio de que era preferible dejar libre a un culpable que castigar a un inocente. Como los castigos entonces eran algo más expeditivos que los de ahora, esta caución era muy necesaria ya que los fiambres nunca han sido muy receptivos a las disculpas. Erigidos en depositarios de esta herencia clásica, nuestros políticos han actualizado la máxima, hasta establecer que es mejor llenar las listas electorales con presuntos corruptos antes que impedir a un candidato honorable acusado falsamente entregarse en cuerpo y alma al servicio público.
La presunción de inocencia es muy deseable pero lo evidente es que sólo rige en el ámbito estrictamente judicial y no en la vida cotidiana. Será difícil que, anteponiendo esta garantía constitucional a la humana prevención, alguien confíe las clases de tenis de su hijo a un acusado de pederastia o que un banco contrate como cajero al supuesto rey del butrón. Se dirá que es muy injusto, que la sociedad está llena de prejuicios y que se penaliza anticipadamente por simples sospechas. Es tan cierto como que la vida es una tómbola.
Para educarnos en valores, los principales partidos han decidido dar un ejemplo de garantismo. Uno entre cien de sus implicados en corruptelas acabará haciendo resplandecer su inocencia. Se le podría compensar en el futuro con otro puesto y hasta con una cena homenaje amenizada por el Orfeón Donostiarra, pero eso sería injusto. Así que lo mejor es dejar que los 99 golfos a los que se les caerá el presunto cuando se dicte sentencia sigan manejando el dinero público a su antojo. Al fin y al cabo, ¿qué podría suceder que no hubiera ocurrido ya?
Se trata sólo de un primer paso. El siguiente será que los condenados rediman sus penas mientras ejercen el cargo de diputado, concejal o presidente autonómico. Los nuevos tiempos van por ahí. El PP, que lo sabe, debe de haberse puesto manos a la obra para redactar un nuevo código ético, en vista de la misteriosa desaparición del anterior.