Opinión
¡Vivan las reliquias!
Por Ciencias
CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL
Decía Voltaire que los sueños de la razón producen monstruos. A ello podríamos añadir que los de la religión producen extravagancias. Para comprobarlo, basta con echarle un vistazo al mundillo de las reliquias.
Por extraño que pueda parecernos, durante la Edad Media muchos cristianos celebraban la Ascensión de Jesucristo en cuerpo y alma a los cielos y simultáneamente consideraban como auténticas las reliquias de sus huesos. No obstante, los evidentes problemas teológicos que planteaban hicieron que la Iglesia las considerase oficialmente falsas.
Vale. No podía haber huesos auténticos de Jesucristo, pero sí restos de su cuerpo como el prepucio, el cordón umbilical, uñas, pelo… ¿Y qué decir de los trozos de la cruz? Son tan abundantes que se podría construir un barco con ellos. Incluso se conservan las lentejas de la Última Cena e innumerables cálices. ¡Y para qué hablar de su prepucio! En los mejores tiempos, se conservaron hasta 14.
El problema de los huesos de la Virgen María es idéntico, puesto que en 1950 el Papa Pío XII declaró dogma –esto es verdad que se debe aceptar sin cuestionar– la Asunción en cuerpo y alma a los cielos de la “Inmaculada y siempre Virgen Madre de Dios”. Entonces, ¿qué hacemos con cierta tumba en Jerusalén que contiene su cuerpo? Fácil. Pasó como en la conexión de vuelos: vas corriendo por la terminal para pillar el siguiente. ¿Y el bazo e hígado de la Virgen que se conservan en Roma, donde también podemos encontrar su corazón y su lengua? Lo de su leche materna también tiene su enjundia. Hay tal cantidad que Calvino comentó que ni una vaca lechera viviendo lo que vivió la Virgen habría llegado a producir tanta leche.
Otras extravagancias que podemos encontrar en las iglesias y catedrales de nuestro país son, por ejemplo, la toalla con la que Jesucristo secó los pies a los apóstoles, el mantel de la Última Cena y la mismísima mesa.
¿Y los huesos de santos? Hay seis manos de San Adrián y varios pechos de Santa Ágata, y el cuerpo de Santiago se venera en Compostela y en otros seis lugares. El de San Pedro, naturalmente, se encuentra en Roma, pero debieron de trocearlo en algún momento porque en diversas iglesias de Europa podemos encontrar su pulgar, parte de su dentadura, su barba y el cerebro, que se conserva en Ginebra. Un cerebro que, según Calvino, no era nada más que piedra pómez. ¡Pero qué se puede esperar de un protestante!