Opinión
Las lágrimas de Ofelia

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Este miércoles, coincidiendo con el hundimiento de un buque iraní a manos de un submarino estadounidense, quedé atrapado en el ascensor. Me ocurrió al regresar del mercado, de improviso, aunque la precisión aquí pueda parecer ociosa, pues todo lo fortuito es, por definición, imprevisto. Pero no en este caso. O al menos no del todo, ya que el ascensor venía anticipando el infortunio a base de puntuales sacudidas, bandazos frecuentes y episodios de intermitencia lumínica, un cuadro clínico que invitaba a pensar en un desenlace más o menos próximo y que, a fuerza de repetición, los vecinos habíamos normalizado como quien interioriza los socavones de una carretera que se transita a diario.
Al no ser yo agorafóbico ni nada que se le parezca, y asumiendo una cierta inclinación taciturna hacia el devenir de las cosas mundanas, aproveché la coyuntura para lo de la melancolía y la reflexión sosegada de una existencia —la mía propia— a la que no le venía prestando demasiada atención. De modo que estuve ahí un rato pensando en lo mío, emparedado y colgante en una caja metálica, sosteniendo un puerro y una caja de huevos, pulsando cada tanto y sin mucha fe el botón de la campanita, que siempre me pareció altamente sugestivo y que ahora, justificada su utilización, se tornaba burdo y desvergonzado.
Decidí no hacer nada. Dejarme llevar, que para el caso sería dejarme sostener. Ser cuerpo gravitatorio (como si no serlo fuera una opción). Renunciar al auxilio y abrazar el caprichoso destino que un día te promete una tortilla de puerros (hay destinos más apetitosos, me hago cargo) y otro día te deja, literalmente, en suspenso. Pensé, a lomos de esa deriva interior, qué harían en mi situación Jacob Elordi y Oliver Laxe, quizá fundirse en un intenso abrazo, un abrazo catalizador, capaz de movilizar poleas, cables y contrapesos con la sola energía de su magnetismo interpersonal.
Y me vino a la cabeza Ofelia también. Pero no la de Shakespeare, sino la joven influencer que vio siniestros misiles surcar sus reels en Dubái. Pobre Ofelia, me dije; a merced de una geopolítica que no atiende a razones, llamando a la insurrección fiscal, convirtiendo en branding lo que le duele, representando junto a hombres, mujeres, niños y perros un bullicioso drama hecho a medida. De ahí su llanto sostenido hasta el hipo. Todo sea por el bien de la función, incluso si una guerra te sirve de ambientación. Y entonces escuché una voz, pero no era la de Ofelia. Eran los servicios de teleasistencia, que ya estaban de camino.
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