Opinión
¿Los movimientos y sindicatos por la vivienda resucitan la lucha de clases?

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Hay quienes dicen -comentaristas, tertulianos, columnistas de prensa…- que vamos hacia una lucha de clases, porque la situación de la vivienda es insostenible y la gente ya no aguanta más. Se trata aún de movimientos sociales de escaso recorrido temporal. Es aventurado asegurar que estamos ante una lucha de clases. Pero sí podemos examinar si ya confluyen elementos definitorios de este fenómeno social.
En este artículo me refiero a la lucha de clases en un sentido moderno y de conformidad con los expertos que las han analizado científicamente, partiendo de la teoría marxista, que supone un punto de inflexión. Marx conecta la lucha de clases con la evolución del capital y las consecuencias sociales que origina. Hay un antes de Marx que contempla a la lucha de clases como un hecho natural y uniforme -la concepción de los economistas ingleses a los que Marx critica- y un después que continúa y matiza la visión marxista.
Voy a contrastar los elementos de la lucha de clases en la obra marxistas y discípulos suyos, como Lenin, con los que proporcionan los movimientos y sindicatos por la vivienda y que el lector/a, si tiene la amabilidad de seguirme, decida si nos encontramos o no ante una específica lucha de clases.
El enfrentamiento de las clases sociales
Tenemos la idea de que la lucha de clases tiene lugar en un escenario de violencia. O hay violencia o no hay lucha de clases. Es una visión parcial del fenómeno. La teoría sociológica moderna del conflicto social no lo ve así, porque la lucha de clases se concreta en el enfrentamiento fuerte y mantenido en el tiempo de las clases inferiores contra las clases dominantes, que no tiene que ser necesariamente violento en el sentido de violencia física, sino apoyado en instrumentos de enorme presión: las huelgas generales, la ocupación del espacio público, las manifestaciones, etc.
Los movimientos y sindicatos por la vivienda se caracterizan por su pacifismo, por más que el alcalde de Madrid denuncie que hay cuchillos en las tiendas de las acampadas en Sol de Madrid y que la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, sostenga que hay terroristas en las filas de los acampados. Debería darles vergüenza por hacer el ridículo. Pero el pacifismo no impide el enfrentamiento contra los rentistas inmobiliarios, que suben sin límite las rentas de alquiler y arrojan a los inquilinos desde el centro de la ciudad a los barrios periféricos. A un tiempo desposesión de los salarios y arrojo de la ciudad. Y utilizan herramientas similares a la de las luchas históricas de clase: huelga general el 11N, huelga específica de alquileres, ocupación del espacio público, contención de los desahucios (que algunos ven como ejercicio de una fuerza pasiva).
La acumulación del capital y la expulsión de las clases intermedias de su estatus de bienestar
Uno de los elementos básicos de la teoría marxista es el proceso de acumulación del capital. Los capitalistas reciben beneficios progresivos y sin techo y los proletarios se ven abocados como consecuencia a una situación de empobrecimiento creciente sin suelo. Los de arriba se enriquecen cada vez más y los de abajo se empobrecen progresivamente. En términos marxistas la acumulación del capital de las clases dominantes y la depauperación de las masas de los obreros.
Un segundo elemento, conectado con el anterior, es la expulsión de las clases intermedias de su estatus de bienestar, arrojadas a la situación que sufren las clases bajas, debido a que la acumulación del capital en la medida en que si, por una parte, concluye con la creación de monopolios, destruye, por otra, pequeñas y medianas empresas, cuyo personal ingresa en las filas del proletariado. La acumulación provoca el surgimiento de un contingente de desempleados, de un "ejército de reserva obrera".
La lucha de clases cambia en el tiempo, siguiendo la evolución del capital. El enfrentamiento entre los dueños de los medios de producción y los proletarios ahora ha dado el paso al de los rentistas y los inquilinos. El trabajo era antes el referente de la lucha política y ahora lo es la vivienda; ambos bienes percibidos socialmente como esenciales en distintos momentos históricos.
El proceso de acumulación del capital -entiéndase ahora los beneficios obtenidos por los rentistas a costa de la alta cuota del alquiler- obliga a que muchas personas no puedan acceder a una vivienda o sean arrojadas de ella al estar sus alquileres sujetos a un cambiante mercado libre desregulado. Hace poco se decía, tras las crisis económicas sufridas, que los comedores sociales de la Cruz Roja y otras ONG estaban repletos de personas que hasta hacía poco pertenecían a las clases medias. Pues una crisis económica de primer rango están sufriendo ahora generaciones de personas, que viven en la pobreza debido a la renta de alquiler o que son desahuciadas de sus viviendas, porque éstas han caído en manos de rentistas multipropietarios, que les imponen una renta imposible de pagar.
La conciencia de clase
Desde la teoría marxista en el siglo XIX la conciencia de clase es un elemento básico para la lucha política. Marx planteaba el binomio clase-en sí, formada por individuos compitiendo entre ellos, aislados, sin conocimiento de las razones de su situación indigente, y la clase-para sí, en la que los individuos adquieren el conocimiento de las causas estructurales de su explotación por el capital y advierten la necesidad de organizarse para salir de su situación; el individuo aislado se convierte en miembro de un grupo activo y adquiere la conciencia de pertenencia a una clase. Posteriormente Lenin ampliará el concepto de conciencia de clase necesaria para el triunfo de la revolución: la conciencia de clase imprescindible residenciada en los líderes de la revolución bolchevique, que se hace con el poder en Rusia en 1917.
En los movimientos y sindicatos por la vivienda la conciencia de clase se produce cuando los afectados dejan de ver el problema de la vivienda y su manifestación más cruda, el desahucio, como propios de una minoría y lo contemplan como un problema de muchos, porque responde a la estructura de un sistema jurídico-político, que defiende los beneficios de la propiedad inmobiliaria sin frenos ni límites en el libre mercado. Basta examinar los eslóganes de las acampadas para connotar la consolidada conciencia de clase de los luchadores por la vivienda digna, que ahora, a diferencia de tiempos anteriores, constituye una conciencia interclasista e intergeneracional.
La internacionalización y la llamada a la solidaridad
También la solidaridad internacional ha sido desde el siglo XIX un elemento de la lucha de clases de socialistas, comunistas y anarquistas. Resumido en el eslogan más mediático, ubicado al final del Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, “Proletarios de todos los países, uníos”. Que también Lenin extendió a la propaganda bolchevique e insertó en los escudos de las Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Los movimientos y sindicatos por la vivienda también tienden a la unión de todos los que sufren el mismo problema de la vivienda en todo el planeta en su doble faceta (imposible acceso a la vivienda y desposesión de la vivienda en el caso de los afortunados que disfrutan de una). Cuentan con un eficaz instrumento del que carecían los luchadores de clase de tiempos anteriores: las redes sociales. La internacionalización solidaria se extiende a Europa y América. España forma parte de la Red Europea por la vivienda, de la que son miembros Italia, Francia, Alemania, Reino Unidos y Polonia. La unión hace la fuerza y las redes la multiplican.
De la desaparición del Estado a la desconfianza en los poderes públicos
También desde el siglo XIX las teorías marxistas y sobre todo anarquistas han pretendido la desaparición del Estado burgués, cobertura formal de los intereses del capital y de las clases dominantes. Era la única manera de llegar a la sociedad sin clases sociales. Posteriormente la lucha de clases no llega a este extremo. Van desde la crítica a un Estado cómplice, que no protege los derechos básicos de la persona, hasta la plena desconfianza en un Estado, que no mueve un dedo contra los intereses de la oligarquía financiera.
Los movimientos y sindicatos por la vivienda critican duramente sin concesiones y desconfían del Estado y los poderes públicos, que permiten los beneficios desorbitados del capital rentista y la merma sin fondo de los salarios de los inquilinos/as. Especialmente críticos con los partidos políticos de derecha, que en el Parlamento han vetado los decretos-leyes sobre la vivienda.
¿Podrían los movimientos y sindicatos por la vivienda ser la expresión de una lucha de clases? Suya es la opinión.



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