Opinión
Que nadie se levante de la mesa de los caníbales

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Siempre fue lúcido el maestro Chirbes, también en aquel artículo demoledor publicado en el Frankfurter Allgemeine Zitung donde criticaba, bajo el título de Zapatero: a la mesa con los caníbales, a toda la estirpe de arlequines y bufonas que ya definían al de 2010 como el gobierno más progresista de la historia –¿de qué me suena esa frase?– mientras su Consejo de Ministros, el 27 de mayo del citado año, firmaba el tirón de pantalones austriaco con el que congelaba las pensiones, bajaba el sueldo a los funcionarios, eliminaba los 400 euretes de ayuda para los parados y, maldito diablo con fijación por los detalles, bloqueaba cualquier inversión futura en infraestructuras y obra pública. A Chirbes, que no era tonto ni socialdemócrata, no le sorprendían las maniobras liberaloides de un gobierno cobardica que nos movía con el culo su bandera progresista mientras de frente, con sus manos sucísimas, le reía las gracietas neoliberales a los demonios europeos que nos llamaban "PIGS", sino la recua de cortesanos voluntariosos que todavía defendían lo indefendible por gusto, ni siquiera por sueldo; al maestro de cabeza alemana, pese a ser valenciano, no le entraba que hubiera una masa tan cínica y tan capaz de promulgar las virtudes inexistentes de un verdugo que, cualquiera con cierta mirada crítica puesta sobre el papel de la actualidad podría verlo, trabajaba ahora para los jerifaltes que nos traían la pesada mochila austriaca.
Chirbes nos advirtió de los altos costes de la defensa numantina del político, de la idolatría; de la fijación freudiana, incluso sexual, por un tipo, sea cual sea su nombre, que no es precisamente un lumbrera, aunque consiga capitalizar con su acentito impostado de guerrero cultural a una masa carente de referentes y dioses para que muera por él como cruzados. La política se convirtió hace muchos años en un juego de viciosos amorales alimentados por otros viciosos acríticos que darían su voz y garganta por mantener al espantajo carnívoro de turno a la mesa un año, un mes, un día más; ya no importa lo que haga o deje de hacer, su obra u omisión, porque esto es fútbol, señores, fútbol del güeno, y aquí se sale a romper espinillas y no a hacer la bobería esa de gobernar, no seamos tontos ni aburridos ni viejos.
Sigo con dolor estos días la tragedia acontecida en mi Toledo natal, que ya suma casi 70 fallecidos, y el duelo sincero me lo sustituye una rabia incontrolable al ver la defensa desnortada del Gobierno por unos compañeros que ríen las gracietas de un ministro que nos toma a los ciudadanos por espantajos gilipollas y pretende encalomar el fallo múltiple de un sistema ferroviario metastásico a un trabajador, y chimpún: nada que ver, va; no oséis pedir responsabilidades, justicia o reparación, que eso es de peligrosa morralla lumpen embriagada por el barroquismo irresponsable. Hay quien, llamándose profesional, ha decidido no sacarse la máscara sesgada, que no es ideológica aunque así lo pretenda, y continuar con el fanatismo groupie; y digo que no es ideológica porque lo izquierdista sería investigar de fondo las causas estructurales y pedir responsabilidades de arriba abajo, pero no; para los listos, los de siempre, a los que prefiero no citar para no tenerlos cerca ni por el nombre, el asunto se cierra filtrando a la radio unos audios que joden la vida de un operario saturado y permiten que nuestro ministrito tuitero se siente unos días más a la mesa de los caníbales. Qué importan la estética, la moral o la política, qué digo ya la seguridad ferroviaria, cuando tenemos a un vallisoletano soltando zascas divertidísimos por Tuiter Punto Com.
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